FEÉRICOS

INTRODUCCIÓN

Anoche me contaron una historia sobre los seres feéricos que habitan en las entrañas del bosque, junto al cauce del Majaceite. Yo no tenía ni idea de la existencia de esas formas de vida, pero la persona que me informó sobre ellos me convenció con su detallado relato. Resulta que el pueblo feérico emigró a ese bosque hace varios siglos, huyendo de la desertización de las regiones idhunitas de Derbhad y Alis Lithban. Como consecuencia de su dependencia de lo vegetal, habitan únicamente en las regiones boscosas. A la sierra de Cádiz llegaron primeramente un grupo muy reducido, cuando se cercioraron de que el sitio era idóneo para ellos, decidieron instalarse, y allí siguen hoy en día. El pueblo feérico se divide en varias familias de diferentes razas, Silfos, Silfides, náyades, dríades, hamadríades, etc. Viven en total armonía con la naturaleza, obteniendo de ella alimento, vivienda, medicinas, etc.
Ya que son casi imposibles de ver por el ojo humano, muchos investigadores denominaron a los feéricos como “los espíritus de la naturaleza”. Viven en lugares de difícil acceso, en las partes más cerradas de los bosques y en los huecos más recónditos de los árboles. Existe una persona que, al parecer, los vio. En los años setenta, cuando tan sólo era un niño, pasó toda una noche perdido en el bosque, mientras sus padres ayudados por vecinos y autoridades lo buscaban desesperadamente. Según me contó, unos seres de pequeño tamaño se acercaron y lo llevaron a la frondosidad del bosque por caminos ocultos. Allí estuvo toda la noche, le dieron de comer y le contaron varias historias feéricas. Al amanecer, una sílfide lo acompañó hasta el cauce del río Majaceite y le dijo que caminara hasta llegar al pueblo. Sus padres casi habían perdido la esperanza de encontrarlo vivo, pues un niño de seis años perdido en un bosque de madrugada y en pleno invierno…, en fin, se temían lo peor. Cuando lo vieron aparecer no se lo creían, no tenía ni un rasguño. El niño contó lo que le había pasado, pero claro, nadie lo creyó. Fantasías infantiles, dijeron.
Ahora, aquel niño tiene ya cuarenta años, y sigue recordando aquellos hechos como si hubieran sucedido ayer. Él sabe que existen. Yo le creo. Así que les iré contando en los siguientes capítulos las historias que éste amigo anónimo me narró. No pierdan el hilo.













LA SÍLFIDE

Aquella sílfide se llamaba Arienes. Era preciosa, tenía las orejas puntiagudas y el pelo, amarillo, le caía por su espalda. Sus ojos eran oceánicos y extremadamente bellos. Llevaba un vestido semitransparente que le cubría lo justo y necesario. Tenía una voz aterciopelada, transmitía serenidad y dulzura. Su piel y su cabello desprendían un olor a flores. 
Las Sílfides son las señoras del aire y el aire, según contaba Arienes, es el elemento de la inteligencia. También representan la primavera y el alba. Controlan los vientos y se dice que jamás envejecen, aunque los expertos creen que su vida es de 1.000 años, y que luego desaparecen, sin más. 
Arienes y sus compañeras llevaban en el bosque, junto al río Majaceite, unos tres siglos, aproximadamente. Durante todo ese tiempo, han estado observando a los humanos sin que éstos pudieran verlas. Cuenta que en las noches de tormenta, se monta a lomos del viento y recorre las calles del pueblo. A veces se asoma, con mucho cuidado, a la ventana encendida de alguna casa. Le gusta ver a las familias reunidas al calor de la chimenea. Se siente bien haciéndolo. Luego, vuelve al interior del bosque a contar a sus amigos feéricos todo lo que ha visto y oído en el pueblo. 
Una vez, hace ya varios años, estaba Arienes jugando con las mariposas, a orillas del río y, de repente, se tropezó con un perro, tras el perro iba un apuesto muchacho. Arienes no supo cómo reaccionar ante tal sorpresa y se quedó inmóvil. El muchacho, al verla en todo su esplendor, cayó fulminado al suelo. El desmayo le duró unos minutos, tiempo más que suficiente para que la bella sílfide desapareciera sin dejar rastro alguno. 
El encuentro sucedió al alba, así que el muchacho supuso que aquella visión fue fruto de su soñolencia. 
Desde entonces, todos los días, al alba, el apuesto muchacho pasea con su perro por aquella parte del río con la esperanza de volver a verla. También Arienes, a la misma hora, se esconde entre los árboles para observar a aquel hombre. Él, cada año envejece un poco más, ella, a pesar del transcurrir del tiempo, sigue igual de joven. Más de una vez, Arienes tuvo la tentación de dejarse ver por los ojos del muchacho, pero de qué serviría hacerlo. El amor entre una sílfide y un humano, sería del todo imposible. 
Así que, Arienes perdió un amor, y el muchacho ganó un hada protectora.












EL TRASGU BELMIRU

El último feérico en llegar al bosque fue un “trasgu”. Su nombre es Belmiru y vino del norte, concretamente de Asturies. Para los que no hayan oído hablar nunca de los trasgus, también llamados trasgos, hay que decir que son seres de apariencia humanoide, de unos 50 centímetros, suelen ir vestidos con blusa y gorro rojo y por genética, casi todos suelen ser cojos de la pierna derecha. Su afición por penetrar por las noches en las casas del pueblo, le costó el exilio de su antiguo bosque astur. Tras un largo camino lleno de aventuras, llegó a orillas del Majaceite, pues sabía que siglos antes se había instalado aquí un nuevo asentamiento feérico. 
Molestar, gastar bromas pesadas a los habitantes de la casa, romper cacharros, asustar al ganado en las cuadras, entre otras pequeñas diabluras, son actividades que le han dado al trasgu una merecida fama como duende burlón. Belmiru, pasa la mayor parte del día escondido en algún lugar secreto de cualquier casa. Escoge cada cierto tiempo un hogar diferente para llevar a cabo sus actividades. Cuando todos duermen, es la hora para salir del escondrijo y pasearse a sus anchas por toda la casa. 
Una noche, Belmiru eligió el hogar de un músico para sus travesuras. Cuando se disponía a hacer de las suyas, oyó una bella melodía que venía del salón. Cojeando, se acercó sigilosamente hasta donde estaba aquel músico tocando el piano. Belmiru se quedó allí, inmóvil, con sus dos grandes ojos de par en par y su boca entreabierta. Era la primera vez que escuchaba ese tipo de música. Aquella exhibición musical duró unos diez minutos, tras los cuales, el pianista se marchó a la cama. El duende, movido por su curiosidad, se acercó al piano, y aunque se hallaba cerrado, sobre el atril estaba la partitura que minutos antes había escrito el músico. Belmiru tomó la pluma para cambiar algunas notas de lugar y añadir algunas nuevas al pentagrama. 
Al día siguiente, el pianista daba un concierto en Sevilla, lugar donde estrenaría su nueva pieza musical. Subió al escenario, abrió el piano y colocó la partitura. Sus dedos se situaron sobre las teclas y comenzaron a volar las notas musicales. Era una melodía extrañísima, penetraba en los oídos y adquiría un efecto sobrecogedor que llegaba directamente al corazón. El público, puesto en pie, ovacionó con uno de los mayores aplausos que en aquel teatro se hubiese dado nunca a un pianista.



ANILLOS DE HADAS

El olor a castañas asadas recorría las callejuelas del pueblo. En la pequeña plaza, como todos los años por estas fechas, se instalaba un puestecito en el cual, una señora toda vestida de negro, asaba y envolvía en papel de periódico las castañas que vendería aquella tarde-noche. Justo en frente, en el Ayuntamiento, había reunión de vecinos. El tema a tratar era una serie de hurtos en varias casas de las afueras. Parece ser, según explicaban los indignados vecinos, que los robos se practicaban de madrugada. Los ladrones se colaban en los corrales y se llevaban gallinas, pavos, etc. Al otro extremo de la plaza, el cura oficiaba misa en la pequeña iglesia. Ante unas cuantas feligresas, el anciano párroco daba su sermón diario.
Los primeros clientes aparecían por la plaza en busca de castañas. Era el preludio de la Navidad. 
Mientras tanto, en el interior del bosque se preparaba una inusual reunión. Esa fría noche de mediados de diciembre, se encontrarían en un determinado lugar, protegido por la espesa vegetación, una veintena de ninfas y hadas: Dríades, ninfas de los bosques, Náyades, ninfas protectoras de las fuentes, ríos y lagos, Alseides, ninfas que habitan las flores, Sílfides, hadas de los vientos, Limniades, hadas del fuego, y Lamias, hadas de las cuevas. Era la primera vez que en este bosque se realizaba dicha reunión etérea, así que las demás criaturas feéricas, salieron a vigilar para que ningún humano interrumpiera a las bellas hadas. Los Trasgos vigilaron en las afueras del pueblo, los Rudimes se apostaron en los primeros árboles del bosque, los Unites se fueron a vigilar el río y los Minutes custodiaron las trochas y los senderos cercanos. 
Aquella fue una noche llena de magia, en la cual, las hadas y ninfas bailaron, cantaron e intercambiaron conocimientos. 
Algunos vecinos aseguraron haber visto desde sus ventanas unas extrañas luces saliendo desde el interior del bosque, pero nadie se atrevió a salir. A la semana siguiente, un par de cazadores que se introdujeron en el boscaje, hallaron un curioso y definido círculo, compuesto por varios tipos de hongos de diferentes tamaños.
Las leyendas cuentan que en esas setas toman asiento las hadas en sus reuniones. Aquellos cazadores, sin saberlo, habían encontrado un anillo de hadas, también conocido con diversos nombres: salón de baile de las hadas, cohortes de hadas, corros de ninfas, etc. El bosque entero se encontraba en una armoniosa paz.



STÁGOROS Y JURRY

Dentro del Pueblo Feérico, se encuentran los llamados Seres Elementales. Entre los más conocidos están los Rudimes, los Unites y los Minutes. Cada uno de ellos tiene sus propias características, por ejemplo, los Rudimes suelen medir unos 2,5 cm. de altura, trabajan en grupos y se mueven constantemente, logrando con su movimiento aumentar la frecuencia vibratoria de los vegetales. Los Unites miden alrededor de los 3 cm. Tienen un mayor nivel de conciencia que los Rudimes y viven en parejas. Los Minutes no superan las 2 pulgadas. Adoran a las hadas y trabajan para ellas. 
Se dice que son seres que transmiten buena suerte y bienestar a los humanos. Para ello, antaño se realizaban una serie de rituales para obtener sus favores: Enterrar tres monedas doradas en el jardín o en una maceta, colocar en la ventana una copita de miel (la miel les encanta), atraerlos con helechos y palmeras (sus plantas preferidas), etc. Estos pequeños seres son muy recelosos con los humanos y sólo se acercan a niños de edad muy temprana. Suelen jugar con ellos y cantarles canciones. 
Una noche, estaban Stágoros (protector de las plantas) y Jurry (protector de los niños) dando un paseo por los límites del bosque, los Rudimes no suelen alejarse demasiado del grupo, pero esa tarde iban cantando tan entusiasmadamente que, cuando se dieron cuenta estaban a las afueras del pueblo. Stágoros y Jurry decidieron volver antes de que se hiciera de día, pero justo en ese momento escucharon el llanto de un niño en una de las primeras casas. La luz de la ventana estaba encendida. Jurry sintió curiosidad y se acercaron. Escalaron a un árbol cercano y desde allí vieron un bebe llorando, y junto a él, a sus padres y al médico del pueblo. El doctor no le daba esperanza de vida a aquel bebé, no más de un par de días, y así se lo explicó a los afligidos padres. Jurry y Stágoros se pusieron manos a la obra y corrieron al bosque en busca de las plantas mágicas que cultivan los Elfos. A la noche siguiente volvieron a la casa y entraron por la ventana. Una vez dentro de la cuna, frotaron todo el cuerpo del niño con aquellas plantas. Repitieron esas friegas todas las noches durante varias semanas. Al poco tiempo, la mejoría del bebé se hizo notable, cosa que los padres achacaron a un milagro. 
Pero los dos Rudimes no se quedaron satisfechos hasta que una de las noches lograron sacarle una sonrisa al bebé, mientras éstos bailaban y cantaban al borde de la cuna.



EL VIEJO OLMO

Los expertos denominan a esta parte del bosque, como “bosque de galería”, porque al crecer en ambas orillas y elevarse sobre el cauce forma una especie de túnel vegetal de gran belleza y frescura. Los chopos, sauces, olmos, fresnos, adelfas, rosales, zarzas y madreselvas, entre otras, crecen tan apretadas que hacen impenetrable las orillas del río, proporcionando un seguro refugio a la abundante fauna y a los seres feéricos. En el bosque del Majaceite habitan barbos, truchas, culebras de agua, nutrias, topos, conejos, mirlos, currucas, ruiseñores, etc. Los habitantes mágicos del bosque, consideran a todos los animales y vegetales como hermanos y pueden llegar a comunicarse con ellos. 
En las entrañas del bosque se encuentra un árbol muy especial. Un gran olmo, uno de los más viejos de su especie, pues cuenta ya con cerca de trescientos años. Entre sus raíces viven los Unites y en las ramas más altas, se suelen sentar las Sílfides a observar el bosque y el cauce del río. Los feéricos pueden sentir perfectamente la energía de los árboles. Cada árbol posee un espíritu sabio, sus rostros pueden verse en la corteza de sus troncos y sus voces escucharse en el sonido de las hojas rozando con el viento. Lanzan mensajes que sólo las Dríadas pueden descifrar. Las Dríadas son las hermosas hadas de los árboles y se dice que su vida gira entorno al tiempo de vida del árbol en el que residen. 
El pasado invierno hubo una gran tormenta en el bosque y un rayo cayó justo en la copa del viejo olmo. La Dríada, asustada, alertó a los seres elementales que habitaban en las raíces. Las ramas más altas estaban ardiendo pese a la lluvia. Todos corrieron a socorrer a la Dríada y a su árbol; los Trasgus, los Rudimes y Minutes, las Sílfides y Ninfas, todos. Al llegar, se encontraron a la Dríada junto a los Unites luchando contra el fuego, encaramados a lo más alto del olmo. Entre todos intentaron apagar las llamas, pero éstas seguían quemando la copa del árbol. Cuando ya estaban perdiendo toda esperanza de salvar al viejo olmo y las fuerzas flaqueaban, apareció de repente Nayades, el hada del río. Con sólo un movimiento de su dedo índice, un arroyo se formó alrededor del árbol. Todos los Trasgos comenzaron a subir agua mediante cubos atados a cuerdas. Al poco tiempo el olmo dejaba de arder. Pero las heridas fueron demasiadas para un árbol tan longevo, y el viejo olmo murió, desapareciendo también el hada del árbol. Fue un día muy triste en todo el bosque. 
Ahora, un año después, el tronco hueco sirve de hogar a una pareja de pequeños Trasgos.



LOS DÍAS DE LLUVÍA

Nunca fueron bien recibidos los humanos en aquel bosque, ni por los seres mágicos ni por los animales que allí habitan. Todos ellos saben lo destructivo que puede llegar a ser la raza humana. El Hombre está acabando con el planeta mediante sus guerras fratricidas y la contaminación. Aun así, hace un par de días, decidí visitar el Majaceite con los ojos bien abiertos. 
Al bosque se accede por una pequeña explanada a las afueras del pueblo. Se sube por un angosto carril y cuando se llevan andados unos metros, aparece frente a nosotros un pequeño árbol aliso en mitad del camino. Tiene una forma extraña, parece como si estuviese danzando o amenazándonos con sus ramas. ¿Qué hará allí ese árbol, nos dará la bienvenida, nos alertará de algún peligro…? 
El camino estaba cubierto de hojas secas, era como una alfombra. El sonido que emiten al ser pisadas le da a uno serenidad, como el rumor del río. 
Me senté a un lado del camino y observé a varios senderistas, unos bajaban y otros subían. Estuve un buen rato merodeando por los alrededores hasta que el Sol empezó a esconderse en el horizonte. Hacía frío y no tardaría en llegar la tormenta. Era hora de regresar a casa. 
Precisamente, a esas horas en que el día empieza a desvanecerse, es cuando las criaturas feéricas salen de sus hogares. En esta época del año, cuando el frío aprieta, suelen salir menos. Les gusta quedarse en los huecos de los árboles, en el interior de sus raíces, en las pequeñas cuevas o sentados alrededor de una hoguera. Así pasan la noche contando historias, riendo, cantando y bebiendo un licor que fabrican a base de frutas y jugo de raíces de varias plantas. Los Trasgus más mayores fuman en pequeñas pipas de madera una especie de hierba seca que almacenan en pequeños tarros hechos con cortezas de árboles. 
Cuando la noche trae lluvia, los Rudimes, esos duendecillos de no más de tres centímetros de altura, salen de sus escondites y se acurrucan bajo el techo de las setas. Les encanta ver llover. Las Hadas, por el contrario, se quedan dormitando en sus árboles, en sus flores o pasan al plano astral. No hay prisas por hacer nada, y nada es más importante que escuchar cómo respira el bosque, y sentir el aliento de la tierra. Ya quisieran los humanos poder sentir así..., piensan.



AURUM

Todos en el bosque la llamaban Helia, era una Náyade, pequeñita, tenaz, inteligente y soñadora. Cuando había alguna reunión de hadas, ella era la que mejor bailaba de todas. Tenía algo que la hacía especial. Por las tardes, se iba a lo más alto de la sierra Margarita, desde allí se comunicaba telepáticamente con otras Náyades que se encontraban a miles de kilómetros. 
Una de esas tardes, a Helia se le hizo de noche en la sierra. Nunca solía estarse tanto tiempo, pero aquel día se entretuvo demasiado. Empezó a caminar entre la maleza rumbo al bosque feérico, aquella noche no había Luna y todo estaba oscuro. Desorientada, no encontraba el camino a casa, anduvo un buen rato, parecía que daba vueltas al mismo sitio. Intentó comunicarse con las demás hadas del bosque, pero se encontraba tan nerviosa que era incapaz de concentrarse. Dos lagrimitas empezaban a rodar por sus suaves mejillas cuando aparecieron un par de luciérnagas que la guiaron hasta un claro del bosque. 
Desde aquella explanada, Helia pudo divisar una casita de madera, había luz en la ventana y humo en la chimenea. Lentamente se acercó hasta la cabaña para ver quién vivía allí. Dentro, sentado en una mecedora junto a la chimenea, se encontraba dormitando un anciano pastor, junto a él, tendido en el suelo, su perro. El frío se intensificaba cada vez más, así que decidió entrar en la casa sin hacer ruido. El pastor roncaba en su mecedora, el perro también dormía, no había peligro. Pero la Náyade no contaba con la mujer del pastor, y mientras Helia comía un poco de queso que había en la mesa, aquella mujer apareció de repente por el pasillo. Las dos se quedaron mirándose fijamente, Helia se temía lo peor, pero aquella mujer, de rostro amable, sonrió al verla. Debió de pensar que era una bendición que un hada apareciera en su humilde hogar. La mujer despertó de una voz a su marido, el cual, al ver a Helia pegó un salto de la mecedora. El hada con su delicada voz les explicó que se había perdido y no sabía  cómo volver al bosque. Los dos ancianos se sentaron frente a ella, la miraban como si de una santa se tratase. Le pusieron comida y bebida y aquel buen hombre se ofreció a llevarla hasta el Majaceite. 
La cabaña estaba cerca de Benamahoma, no habría que andar mucho. Al llegar al bosque, Helia agradeció la ayuda al pastor y le entregó una piedrecita que las hadas llaman “aurum” (aurora resplandeciente) que luego, una vez en la cabaña, los ancianos descubrirían que se trataba de una pepita de oro nativo. 



LAS TRES CASCADAS

Quizá una de las historias que más me impactó, fue la de Arethusa, Breena y Dulcina. Tres Ninfas del bosque que vivieron hace muchos años y que aún los habitantes mágicos del lugar recuerdan. Arethusa tenía una larga melena rubia y se pasaba las horas componiendo y cantando canciones. Breena tenía el pelo azul eléctrico, como el universo, y siempre estaba creando nuevas pociones. Dulcina lucía el rojo del fuego en sus ondulados cabellos y le encantaba espiar a los humanos que merodeaban por el bosque. 
Allá por mediados del siglo XIX, estas tres Ninfas salieron a dar un paseo siguiendo el cauce del río, como solían hacer frecuentemente en los días soleados. Por el camino, acostumbraban a acompañarlas multitud de mariposas. Cuando llegaron a una pequeña explanada, se sentaron a descansar sobre la hierba. Al poco tiempo de estar allí sentadas observaron cómo las mariposas se habían esfumado en un abrir y cerrar de ojos. Algo iba mal. Las tres se levantaron para volver al camino y regresar pero, cuando elevaron la vista, vieron que estaban rodeadas por cuatro Ogros. Aquellas criaturas medían poco más de un metro, estaban cubiertas de pelo y tenían una gran cabeza. Eran de un aspecto horrendo y apestaban a estiércol. Poco a poco fueron acorralándolas hasta que aquellos Ogros quedaron a pocos centímetros de las tres bellas Ninfas. Las ataron con cuerdas y se las llevaron a una cueva en la que se habían instalado las malvadas bestias. Al parecer, estaban de paso por el bosque, se dirigían hacia el norte para reunirse con el resto de la manada. 
Las ninfas, aunque sabían de la existencia de los Ogros, nunca habían visto uno, ya que no suelen vivir en el sur. Se dice que quienes caen en las manos de estas fieras no sobreviven, así que las tres ninfas se temían lo peor. Pasaron toda la noche en la cueva, y a la mañana siguiente, los Ogros obligaron a las Ninfas a que los guiaran hasta el bosque de los feéricos, querían acabar con todos. Siguiendo la senda junto al río, pasaron por un lugar donde el Majaceite forma un pequeño estanque, las tres ninfas se miraron y en un descuido empujaron a los Ogros al agua, pues pensaron que no sabrían nadar y se ahogarían. Y así fue, los ogros no sobrevivieron, pero antes de morir, uno de ellos, el más viejo, lanzó una maldición sobre las Ninfas. Mientras el río fuese río, Arethusa, Breena y Dulcina, formarían parte de él, y las tres se convirtieron, de inmediato, en tres cascadas que daban al estanque. Desde entonces, las tres cascadas son veneradas por todos los seres mágicos del bosque.













 EL JARDÍN DE HELENA

Cuando en la sierra, empezaba a brillar la rojiza luz del atardecer, Helena salía al jardín trasero con mucho cuidado para que nadie la viera. Entre los rosales, azucenas y lirios, se hallaba escondida una pequeña casita de madera. Helena guardaba un gran secreto dentro de esa casita. 
Todos los días llenaba de miel un dedal que había cogido de la caja de costura de su madre, un trocito de queso, pan y galletas y lo metía en aquella casita. El misterioso inquilino atendía al nombre de Abaturc, y era un ser elemental. 
La abuela de Helena le había contado algunos cuentos en los cuales, se enseñaba cómo atraer a pequeños duendes protectores. La semana pasada, la niña había cumplido cinco años, y decidió invocar el mismo día de su cumpleaños al duende que protege el trabajo, pues Helenita, había escuchado a sus padres hablar de lo mal que iba la tienda y que de seguir en esa situación tendrían que echar el cierre. Así que la pequeña colocó en el jardín varios trocitos de cristales de colores, puso la casita de madera de sus muñecas bien escondida entre las plantas y un poquito de miel en la puerta. Al día siguiente se asomó y vio que la miel había desaparecido y la puerta de la casita se encontraba cerrada completamente. Miró por una de las ventanitas y allí estaba, aquel diminuto duende había acudido. Helena no se lo podía creer, estaba ante un duende de verdad. Estuvo varios días llevándole de comer y aquella puerta seguía siempre cerrada, hasta que uno de aquellos atardeceres, Helena se encontró la puertecita abierta y al pequeño duendecillo apoyado en ella. Los dos se miraron fijamente durante unos segundos, poco después empezaron a hablar. Abaturc preguntó por la causa de la invocación y Helena fue contando con todo lujo de detalles el motivo. 
Abaturc parecía simpático, tenía una espesa y larga barba e iba vestido de forma muy extraña. En seguida se hicieron amigos. El duende le dijo a la niña que protegería el trabajo de su padre, con la condición de que todos los días durante un mes, le llevara un dedal de miel al bosque. Helena aceptó el trato y se despidieron. 
Durante el mes siguiente, la pequeña llevó cada día el dedal de miel al bosque, mientras en su casa, escuchaba a su padre decir que la tienda funcionaba mucho mejor, la gente volvía a comprar allí. Helena estaba muy contenta por su padre, pero en el fondo, una gran tristeza la invadía, pues no volvería a ver jamás a Abaturc.
 

EL AMIGO ANÓNIMO

Tenía pensado seguir relatando las historias de los seres feéricos del bosque, pero me di cuenta de que ya no recordaba ninguna más. Decidí visitar al amigo anónimo que me las contó, hace ya meses, y ayer por la tarde me puse en camino. 
Cuando llegué al pueblo de El Bosque, aparqué el coche cerca de un molino de agua que decora una pequeña glorieta. Antes de bajar del auto comprobé que dentro de mi mochila se hallaban mi viejo cuaderno, mi grabadora y todo lo necesario para recoger los nuevos testimonios. Mientras caminaba hacia su casa, iba pensando en esos fantásticos seres que me tenían tan enganchado, en mi barriga sentía los nervios contenidos, me moría de ganas de que me contara nuevas historias. 
Del dintel de la puerta colgaba un pequeño atrapasueños que se movía con el viento. Llamé al timbre un par de veces, pero nadie abrió. Me dispuse a dar la vuelta y probar por el patio trasero. Volví a llamar, esta vez en la puerta que daba a la cocina, y enseguida obtuve respuesta. La mujer de mi amigo preguntó quién era, le comenté que conocía a su marido y que me gustaría hablar con él. Abrió la puerta sacudiéndose la falda y me invitó a entrar. Cuando ya estábamos sentados en el salón me contó lo sucedido. Al parecer, el hombre que unos meses antes me había desvelado los secretos del Majaceite y su bosque, se encontraba ingresado en la planta de psiquiatría del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Llevaba allí un par de semanas, puesto que arrastraba desde hacía una temporada un comportamiento cada vez más preocupante. Según me dijo su señora, no dormía, casi no comía, se tiraba días enteros caminando por el bosque, algunos vecinos lo vieron hablando solo, cuando estaba en casa decía cosas muy raras. La última semana empezó a hacer extraños dibujos (de los cuales me regaló uno). Días antes de su ingreso en el hospital, se encerró en la buhardilla y no quería salir. Una mañana, su mujer se lo encontró sin sentido en el suelo del jardín, fue cuando decidió llamar al médico. Ella no se lo explicaba, pues su marido estaba perfectamente, fue a partir de noviembre cuando empezó a tener aquellas conductas. 
Tras darle muchos ánimos a la mujer, volví al coche. De camino a casa me vinieron a la mente muchas preguntas. Mi amigo me contó aquellas historias en octubre, y en noviembre empezó con los delirios que le llevarían, dos meses después, a ser ingresado por problemas psiquiátricos. Algo me decía que tenía que ir a visitarlo al Hospital.



El cantautor Alfonso Baro ha compuesto esta hermosa canción inspirándose en este cuento. Os recomiendo escucharla:




Fin de la primera entrega. 






2ª Parte

INTRODUCCIÓN

Hagamos un poco de memoria…

Un buen amigo decidió contar la experiencia que vivió cuando era un niño. Un día se perdió cerca del río Majaceite y no se sabe bien cómo, fue protegido por unos seres mágicos, en lo profundo del bosque. Pasó con ellos toda la noche, tiempo en el cual una sílfide le contó varias historias sobre el pueblo feérico. Esas historias son las que capítulo a capítulo fui relatando. Aventuras de duendes, trasgos, hadas, etc., siempre con el telón de fondo de un paisaje tan hermoso como los alrededores del Majaceite. Realidad y sueño. Cuando se acabaron las historias sobre estos personajes, decidí acudir al encuentro de la persona que me los contó. Para mi sorpresa, este amigo no estaba en su casa, al parecer, según su mujer, había sufrido una crisis y estaba ingresado en una unidad de psiquiatría de Sevilla.

Pasaron varios días, los cuales estuve dudando si ir a visitarlo a Sevilla o esperar a que se recuperara. Pero pasaban las semanas y aparentemente no había mejoría. Una tarde, después de llegar del trabajo, me subí al coche y puse rumbo a la capital.
Cuando llegué al complejo hospitalario, me dirigí al pabellón de psiquiatría. En recepción di su nombre y apellidos del paciente y una señorita me indicó que esperara en una sala. Frente a mí había una pareja de personas mayores, según me contó la señora, estaban allí esperando para poder visitar a su hijo, que estaba ingresado desde hacía meses. Miré a mi alrededor, los enfermeros, auxiliares, doctores, iban y venían por un largo pasillo. Todo allí era de un blanco impoluto.
La tarde se tornó gris, por los ventanales se podían ver los árboles moviéndose a merced del viento y en los cristales empezaban a verse las pequeñas gotas de lluvia. La voz de una enfermera me sacó de mis cavilaciones, parece que ya podía pasar a verle. Seguí a la enfermera por el pasillo, pasamos por varias habitaciones y al fin, allí estaba mi amigo, sentado, esperándome.



LA VISITA

Antes de entrar a la habitación, la enfermera me comentó que el paciente no hablaba desde que fue ingresado, y que dada la agresividad que mostraba habían decidido sedarlo. El celador que custodiaba la puerta la abrió y pasé dentro de la habitación. A la derecha había una cama, a la izquierda un pequeño armario empotrado y frente a mí, una mesa y dos sillas, una a cada lado. Tomé asiento y saludé a Antonio, así se llamaba mi extraño amigo. Iba vestido con el pijama característico del hospital, tenía la cabeza inclinada hacia delante y los brazos caídos sobre la mesa. Aunque mantenía los ojos abiertos, parecía ausente. Quizá la medicación lo tenía aún sedado. Decidí contarle que unos días antes había estado en su casa para hablar con él, y que su mujer me informó que estaba enfermo. Le conté también que había empezado a escribir en forma de cuentos aquellas historias sobre los asombrosos seres que viven en el bosque, junto al río Majaceite. Le pregunté por los oscuros dibujos que había hecho en su casa y le enseñé el que me había regalado su mujer. Ni siquiera lo miró. Su mirada estaba completamente perdida. Guardé silencio durante un rato y lo observé. Todo estaba en silencio dentro de aquella habitación, sólo se escuchaba nuestra respiración. De repente un pequeño hilo de saliva salió de su boca y quedó colgando de su labio inferior. Fue entonces cuando decidí levantarme e irme de allí. Aquel hombre estaba completamente drogado. Crucé de nuevo el pasillo con una sensación de tristeza. Al salir a la calle, el viento y la lluvia me sacaron de mis pensamientos y me devolvieron al mundo real. Busqué mi coche y volví a casa.
Al día siguiente, estaba aún trabajando, cuando sonó mi teléfono. Era la mujer de Antonio, al parecer la había llamado la doctora de su marido porque quería contactar conmigo. No me dijo el motivo, pero me dio un número de teléfono para que llamara en cuanto me fuese posible. No lo dudé y marqué aquel número enseguida. Al otro lado de la línea se encontraba la doctora María José Jarava. Me dijo que después de que yo me marchase del hospital, Antonio pidió al celador papel y lápiz. Durante horas estuvo dibujando. Era la primera reacción que había tenido desde su ingreso. La doctora me rogó que fuera de nuevo al hospital.

  
SEDACIÓN

El reloj de la pared del despacho marcaba las cinco menos diez de la tarde. La doctora Jarava me había citado para hablar del caso de mi amigo Antonio. La psiquiatra, de unos treinta y ocho años, morena y de piel pálida, empezó ha hablarme sobre la conducta de su paciente. Cuando ingresó en el hospital llegó bastante desequilibrado, e incluso intentó quitarse la vida en una ocasión. Se negó a decir ni una palabra a nadie. Todas las pruebas que le han realizado salieron bien, o sea, que no padecía, en principio, ninguna enfermedad. La doctora piensa que tuvo que sufrir un fuerte shock que lo dejó en ese estado. Después de los hechos posteriores a mi visita, la doctora creía que yo sabría algo sobre el por qué estaba así su paciente. En realidad yo no sabía nada, pero algo me decía que aquello tenía que ver con el bosque. Antonio fue la persona que me contó su experiencia infantil con aquellos seres fantásticos, y a los pocos meses le sucedió aquello. Pudiera ser que estuviera relacionado su actual estado con los hechos que le sucedieron hace cuarenta años. ¿Y si todo esto es porque me lo contó y yo lo he publicado? Le pregunté a la doctora que si podía ir a su habitación para verle de nuevo, pero me informó que desde ayer estaba completamente sedado y tenía prohibida las visitas hasta que no se recuperara un poco. En cualquier caso, la doctora Jarava se comprometió a irme informando sobre la evolución de Antonio, y en cuanto estuviera listo, me llamaría para concertar una visita. Volví al coche, pero esta vez, antes de ir a casa, me pasaría por el bosque. Quería volver al río Majaceite, al lugar donde se perdió Antonio cuando era un crío.
En abril, las tardes se van alargando, así que aún había la suficiente luz para caminar por el sendero de aquel bosque sin miedo a que se me echara la noche encima.
Y allí estaba yo, rememorando con la memoria las historias sobre los seres feéricos que según Antonio vivían en aquel bosque. Pensé en las dríades, en las sílfides, en los trasgos, etc. Pasé por las tres cascadas del río, por aquel viejo olmo, ahora casi derrumbado por el paso del tiempo, y parecía todo tan real… No me era ajeno aquel paisaje, ni los feéricos tampoco, me los había imaginado tantas veces, y al plasmarlos en el papel en forma de cuento, les di una vida real. Me senté junto al río, mientras el atardecer anunciaba la noche por llegar.


EL EXTRAÑO CADÁVER

Salió en las noticias, habían encontrado en las afueras de El Bosque, cerca de la piscifactoría, un cadáver que parecía humano. Las autoridades no querían dar más datos, pero según los testigos, era un cuerpo que se parecía al de un niño de uno tres años, aunque con algunas deformaciones. Al parecer el cadáver estaba en avanzado estado de putrefacción cuando lo encontraron. Uno de los testigos pudo hacerle una foto, y según comentó a los periodistas, “tenía pinta de duende más que de persona normal”. Esa frase me puso en alerta. Un cadáver sospechosamente parecido al de un trasgo, en las afueras del pueblo, muy cerca del río. Tenía que ir enseguida a buscar a ese testigo que realizó la foto. Cuando llegué al lugar, sólo quedaban algunos guantes de látex en el suelo y el precinto de la Guardia Civil. Fui a hablar con la Policía Local, y me informaron que ellos no sabían nada del asunto, aunque me dieron la dirección de uno de los testigos. Conforme iba andando por las calles del pueblo, podía oír los rumores de los vecinos, unos decían que aquello no era humano, otros afirmaban que sería algún niño que se perdió en el bosque, pero nadie sabía explicar cómo llegó allí. Todo eran conjeturas. El testigo que hizo la foto se llamaba Paco, un joven de treinta y tres años. Me recibió en su casa, creía que yo era otro periodista en busca de la fotografía. Le expliqué quién era y por qué estaba allí, y también le pregunté por la famosa foto que supuestamente él hizo. Parece ser que la Guardia Civil le requisó la tarjeta de memoria del móvil donde estaba la fotografía de aquel extraño cadáver. Paco me contó que salió a pasear con su perro como todos los días, por las cercanías del río. A la altura de la piscifactoría escuchó varios gritos y se acercó a ver qué pasaba. Entonces fue cuando vio a varias vecinas muy alarmadas por el hallazgo de aquel ser. En principio le pareció humano, pero era demasiado pequeño, y observó que tenía una larga barba, con lo cual, no podía ser un niño. Por más vueltas que le daba a la cabeza no se explicaba qué era lo que fotografió. También me comentó que la Guardia Civil actuó con un total secretismo y que interrogaron uno a uno a todos los testigos.
Algo estaba pasando en aquel lugar, algo que yo no llegaba a comprender, todo aquello se me escapaba de las manos. Necesitaba que mi amigo Antonio se recuperara pronto, tenía que hablar con él de todo lo que estaba pasando.
 

RECORDANDO

A la semana de que ocurriera aquel extraño suceso en El Bosque, Antonio, que continuaba ingresado en Sevilla, parecía que se estaba recuperando bastante bien. Así que ya podía recibir visitas. ¡Por fin!
Me recibió en la sala de visitas del hospital, la doctora Jarava. Estuvimos unos minutos hablando de la repentina recuperación de su paciente. Se escuchó un murmullo en el pasillo, y acto seguido, un enfermero abrió la puerta y sentó en un extremo de la mesa a mi amigo Antonio. Tenía mucho mejor aspecto que la última vez que lo vi. Me miró y me saludó. La doctora empezó preguntándole cómo se encontraba, si había almorzado bien, etc. Antonio, mientras tanto me miraba fijamente, como esperando a que yo hablara. Tras el interrogatorio de la doctora, tomé la palabra. Lo salude, y le pregunté si sabía por qué estaba yo allí, visitándole. Con voz calmada me dijo que sí, que lo sabía perfectamente, algo estaba pasando en el Majaceite y los dos estábamos relacionados con aquellos sucesos que alteraban el orden mágico del bosque.
Miré la cara que estaba poniendo la doctora, ella también me miró a mí con gesto incrédulo. Antonio siguió hablándome de cosas extrañas que yo no podía entender muy bien, me habló de los diversos tormentos que sufrió días antes de ser ingresado, de aquellos dibujos que hacía casi sin querer y un sinfín de cosas más. A medida que iba hablando iba elevando la voz y alterándose bastante. La doctora le pidió calma, yo también le dije que se tranquilizara. Al ver que Antonio hablaba cosas sin sentido aparente y seguía en aquel estado de excitación, la doctora llamó a los enfermeros y celadores que lo sacaron de la sala.
Sin duda, tendríamos que ir poco a poco, en visitas cortas y sin sacar mucho el tema de los sucesos del Majaceite. La doctora Jarava me citó para la semana siguiente. Parecía que a ella también le picaba la curiosidad por toda aquella extraña historia.
Mientras iba en dirección a la calle, pensaba en que aquello era un buen presagio, Antonio recordaba y quería contarlo todo, y la doctora era favorable a mi presencia allí.


LA ALACENA

Y allí estábamos de nuevo, en aquella sala de visitas, mi amigo Antonio, la doctora Jarava y yo. Antonio empezó a contarnos, esta vez más calmadamente, lo que al parecer, estaba sucediendo en El Bosque.
Una tarde cualquiera del pasado mes de noviembre, Antonio, salió de casa camino al río Majaceite. Fue paseando junto al cauce, adentrándose poco a poco en el bosque. Estuvo recordando aquella noche en la que siendo un niño, se perdió en aquel mismo lugar. Hacía mucho que no pasaba por allí, pero estaba todo tal y como él lo recordaba. Decidió seguir andando y casi sin darse cuenta, llegó a una parte del bosque donde estaba prohibida la entrada. Había un pequeño puente de hierro y frente a éste, una valla de madera con una pequeña puerta que impedía el paso. Una vieja chapa oxidada advertía a los caminantes que no se podía seguir. Antonio no recordaba aquel lugar, así que saltó la valla y haciendo caso a su curiosidad, penetró dentro de aquella propiedad privada. Entre la verde hierba se abría paso un caminito que conducía a un viejo caserío bastante deteriorado. La tarde estaba tomando el típico color rojizo, anunciando así que la noche andaba cerca. Mi amigo pensó en volver atrás y regresar a casa, pero sin saber bien cómo, se vio junto a la puerta del caserío. Parecía entreabierta, empujó con un dedo y comprobó que no estaba cerrada. El rechinar de las bisagras daba a entender que la casa había sido abandonada hacía mucho tiempo. Antonio pasó al interior, preguntando en voz alta si había alguien allí, a lo cual sólo obtuvo la escandalosa respuesta del revoloteo de algunas palomas que salieron huyendo por las ventanas rotas.
Dentro había una mesa, un par de sillas, una estantería vacía y una chimenea. Todo allí estaba lleno de polvo. Antonio repasó la estancia con la mirada y observó que en una esquinita donde apenas llegaba la luz, había una pequeña alacena, se acercó y abrió las dos puertas de par en par. Aquello no era una alacena, en aquel hueco había un angosto y oscuro túnel.
¿Adónde iría a dar, quién construiría un túnel allí y para qué? ¿Quiénes serían los dueños de aquella casa? Todas estas preguntas y algunas dudas más, pasaron por la mente de Antonio en aquel momento.



AZUFRE
 
La doctora decidió dar un descanso a la visita de cinco minutos. Entró un celador con agua para Antonio, mientras la doctora Jarava y yo nos fuimos al pasillo. A unos metros había una pequeña terraza. Salimos a tomar el aire. Desde allí se veía parte del complejo hospitalario y el aparcamiento. Corría una brisa fresca que conseguía erizarle a uno la piel. 
La doctora me preguntó mi opinión sobre la historia que estaba contando su paciente. Parecía bastante intrigada por conocer lo que pensaba. Yo, a riesgo de que me tomara por loco, le respondí que, sinceramente, le creía. Últimamente me habían sucedido algunas cosas que me hacían tener la mente más abierta. Le hablé brevemente de las historias de feéricos que me contó Antonio tiempo atrás, y cómo meses después de escribirlas y publicarlas, mi amigo pareció ese percance. Ahora estábamos a punto de saber qué ocurrió, por qué Antonio sufrió aquel extraño ataque de locura, del cual aún se estaba recuperando. También esperaba encontrar respuesta para la aparición del insólito cadáver encontrado a las afueras de El Bosque, el mismo que, según los testigos, era muy parecido a una especie de hombrecillo o duende. 
La doctora me miró y me dijo que había algo en los ojos de Antonio que le hacía pensar que no mentía. Era una historia increíble, pero no mentía. Que eso lo dijese una doctora del servicio de psiquiatría de uno de los mayores hospitales de Andalucía, era algo muy importante. Le pregunté a la doctora si creía que su paciente estaba en el camino de la recuperación. Su respuesta fue clarísima. No sólo estaba recuperándose perfectamente, sino que de seguir así, le daría el alta en poco tiempo, pues sería en su casa, en su entorno y en compañía de su esposa, donde debería enfrentarse a la realidad. En el hospital poco más podían hacer por él. Físicamente estaba bien. 
Aquella noticia me alegró mucho, así que con media sonrisa en el rostro, la doctora y yo volvimos a la sala para que Antonio nos siguiera contando su historia. 
Del interior del túnel salía un olor a azufre, casi imperceptible. Antonio sacó del bolsillo un pequeño mechero y lo encendió justo a la entrada del pequeño pasadizo. La llama del mechero se inclinó hacia dentro. Antonio se armó de valor y empezó a gatear para investigar, al menos, los primeros metros del misterioso túnel.


Gremilon

Todo estaba oscuro allí dentro. Llevaba unos 20 metros cuando empezó a escuchar ruido. Apagó el mechero y pudo ver un punto de luz a lo lejos. El túnel se hacía cada vez más angosto, Antonio casi no podía avanzar de rodillas, así que decidió seguir reptando hacia la luz. Tardó un buen rato en llegar al final del túnel, pero cuando llegó, aletargado por la falta de oxígeno, se inclinó sobre el borde y observó un gran páramo desierto. Todo era gris. Tanto se inclinó para poder ver mejor aquel paisaje que se desplomó sobre unas rocas. Según él, estaría una media hora sin conocimiento. Sólo recuerda que cuando despertó estaba atado a una silla en el salón del viejo caserío. Al mirar al frente se encontró con un extraño ser, no sabía definirlo bien, pero tenía el aspecto de un duende harapiento con cara de pocos amigos. Antonio estaba seguro que aquel ser se metió en su mente, lo hipnotizó con la mirada y de repente empezó a retorcerse de dolor, no un dolor físico, sino algo complicado de explicar, un sufrimiento interno, del alma. Fue como padecer los efectos de una depresión pero multiplicados por cien. Antonio se desmayó. 
Cuando volvió en sí, estaba tendido a las puertas de su casa. Días después de aquella experiencia, empezó a comportarse de una manera muy extraña. Por la noche, tenía pesadillas, veía la cara de aquel duende amenazándolo. Por el día, se dedicaba a dibujar aquellas visiones nocturnas, hasta el punto de enloquecer. Luego todo fue confuso, no recordaba cuando lo ingresaron en el hospital, sólo sabía que de repente se vio sujeto a una cama y sin saber qué estaba pasando. 
Transcurrían los días y seguían las pesadillas, aunque con menos intensidad por el efecto de los sedantes. Hasta que una noche, después de una de las visitas, soñó con las hadas del bosque, fue el mejor sueño que haya tenido nunca. La misma sílfide que cuando era un niño lo salvó de morir en el bosque, le habló, y le explicó que Gremilon, el maligno duende que le atacó, era un ser del inframundo, pero la potente magia que entre todo el pueblo feérico proyectaron sobre Gremilon acabó con él, pues era una amenaza para los habitantes mágicos del bosque y también para los humanos. Desde aquel momento desaparecieron todas sus pesadillas. 

FIN.


2012-2013. Miguel Ángel Rincón Peña


La vida comedia

Cuando aquella señora, tras la enorme mesa de madera, me preguntó qué estudios tenía y cuáles habían sido mis anteriores empleos, mi respuesta fue la que sigue.


Empecé a estudiar el noble oficio de la contemplación de musarañas. Sus formas, tamaños, colores y sobretodo, sus ojos, me impactaron muchísimo sus grandes y profundos ojos negros. En poco tiempo me di cuenta de que aquellos estudios no tenían mucha salida, así que decidí dejarlos y comenzar a trabajar. Mi primer empleo fue vendedor de casitas imaginarias, llegué a vender cientos de aquellas casitas. Iba de puerta en puerta, o bien por la misma calle, ofreciendo aquel negocio, el comprador sólo tenía que firmar un breve y sencillo contrato de adquisición y pagar lo estipulado. Teníamos casitas para todos los bolsillos, por ejemplo, una casita en el campo costaba cien sueños, una cerca del mar ciento cincuenta y así para todos los gustos. Al mes y medio abandoné aquel trabajo, tenía que caminar demasiado, todo el día en la calle captando compradores. Además, no ganaba lo suficiente para pagar el alquiler. La verdad es que el alquiler era muy bajo, se sorprenderá si le cuento que vivía en un escaparate de una conocida calle comercial, sí ya sé, no tenía mucha intimidad pero no me podía permitir mejor cosa. Mirándolo ahora, desde la distancia, no estaba tal mal, y además al dueño le hacia un favor, pues era el escaparate principal de una tienda de camas y como yo solamente iba a dormir, pues le tenía medio vigilado el negocio. Hasta me ofreció un trabajo de agente de seguridad, pero tuve que rechazarlo, nunca me gustó trasnochar demasiado. A mí, lo que realmente me gustaba, era ser piloto de aeroplano, volar sin cesar atravesando los cielos del uno al otro confín. Pero acabé pilotando un taxi. En aquel momento era lo que más se parecía a un aeroplano y además, me dieron el turno de mañana. Era muy divertido, yo hablaba y hablaba con todos los clientes que se subían al taxi, incluso hubo una vez que tuve que asistir a un parto, allí, en el asiento de atrás del taxi. En agradecimiento a mis habilidades manuales por aquellas profundidades, la recién estrenada madre decidió que aquel churumbel llevase mi nombre, todo un detalle. Recuerdo que aquel mismo día, cuando terminé la jornada laboral, comencé a pensar en lo bonito que era dar a luz a un ser humano, pero de repente me vino a la cabeza lo bonito que tendría que ser fabricarlo. Ni corto ni perezoso puse pies en polvorosa y me planté en la casa de mi jefe, el dueño del taxi, le expliqué mi problema y él se comprometió a resolverlo. Eduardo, con dos hijos y una mujer esperando el tercero, me llevaría al sitio que él tanto frecuentaba; el famoso night-club llamado “El conejito juguetón“. Cuando entramos en el oscuro local, todas las chicas le conocían y el camarero le preguntó; - ¿le pongo lo de siempre? Yo me quedé sorprendido al ver su popularidad y entre copa y copa, cuando me quise dar cuenta estaba en una habitación con una chica más bien morenita que no había visto en mi vida. Yo, a mis cuarenta y cinco años, me había prometido que mi primera vez sería especial, y aquello no era lo que yo entendía como tal. Para romper el hielo, decidí preguntarle su nombre, a lo que la susodicha me respondió que se llamaba Jenny la Cachonda. Extraño apellido, pensé. Cuando salió del baño se me mostró como su madre la trajo al mundo, por lo que recordé el incidente que había tenido aquella tarde y me entró la nostalgia de la niñez, de un brinco la agarré y la abracé, era tanta la emoción que recorría mis venas que hasta comencé a llorar. Creo que la señora Cachonda entendió que la quería violar o abusar de ella de malas maneras y de un puntapié me tiró al suelo. La chica salió corriendo y gritando algo que no pude entender, al segundo entraron dos mozos que me sacudieron de lo lindo y por más que yo quise razonar no me dejaron abrir la boca si no era para lamentarme. Instantes después me vi arrojado de una patada en los cubos de basura del callejón trasero. Tras varios días de baja, concluí que aquel trabajo no me llevaría por buen camino, mi jefe ejercía sobre mí una influencia negativa y lasciva. Sin duda, lo que me hacía falta era buscar mi propia identidad, encontrar mi camino. Y qué fue lo que hice…, pues pedir cita a un reputado psicoanalista que pasaba consulta en un ático. Ya ve usted qué original. Tengo que decir que el primer año no avanzamos mucho, pero a base de asistir todos los días a las sesiones y de ponerle ganas, poco a poco la cosa fue a mejor. Hasta encontré un trabajo muy bien remunerado y que no exigía de una gran intelectualidad. Yo hacía las veces de hombre que dirige el miembro del mamífero artiodáctilo asilvestrado en el acto de la generación. O sea, era mamporrero del comúnmente llamado, cochino jabalí. En aquel momento de mi vida, llegué a creer que era el oficio más bueno que encontraría, pues vivía en un rancho y tenía una habitación para mí sólo, sin tanta luz como en aquel escaparate, con mucha más intimidad, aunque a lo primero dormía con la ventana abierta, ya sabe, la fuerza de la costumbre. Por la mañana iba en busca del macho semental y lo sentaba en la mesa para desayunar, le servía el café y las tostadas, le leía el periódico y cuando estaba listo lo acompañaba a visitar a las hembras que esperaban nerviosas en sus habitaciones. Una vez allí, yo era el encargado de realizar las presentaciones oportunas y entablar un poco de conversación, más que nada para que la cosa no fuese tan fría. Una vez que habían roto el hielo, pasábamos a la cama de matrimonio, cuando Jorge, que así se llamaba el cochino jabalí, necesitaba de mi ayuda, yo, con máximo cuidado hacía mi trabajo. Así hasta que Jorge quedaba extasiado y se retiraba a sus aposentos a descansar y a reponerse para la tarde. Al anochecer y ya habiendo concluido la jornada, Jorge y yo echábamos una partida de ajedrez, no sé cómo lo hacía que siempre me ponía en jaque. Después veíamos alguna película en la tele y al catre. Todo aquello terminó un mal día cuando, mi querido amigo Jorge, mientras realizaba el acto, su corazón… bueno, permítame que no hable de aquel trágico suceso, fue una gran pérdida para mí. Fue entonces cuando decidí que no volvería a trabajar con animales. Hice el equipaje, me coloqué mi chaqueta y mi embudo en la cabeza y volví a la ciudad. Ésta me acogió con los brazos abiertos, cual hijo pródigo. Ahí estaba ella, tan gris, tan contaminada, respiré profundo y me llené los pulmones de polución, en aquel momento pensé, tengo que rehacer mi vida, y volví a coger cita en la consulta del psicoanalista. No pasó ni un año y ya notaba la mejoría, y emprendí la búsqueda de un nuevo empleo. Esta vez será diferente, pensé, y me dirigí hasta un tablón de anuncios que había en un tablón. Comencé a leer, se busca albañil con experiencia, se busca abogado con experiencia, se necesita podólogo con experiencia, etc., mis ojos se cristalizaron cuando leí; se necesita piloto con o sin experiencia. Estaba claro, esa era la oportunidad que había estado esperando toda mi vida, apunté la dirección y me puse en camino. Cuando llegué a la dirección exacta creí haberme equivocado, estaba justo en la puerta de la comandancia aérea del ejército. Ya que me encontraba allí, no perdería nada por pasar y preguntar. A las tres horas estaba vestido de caqui y barriendo el patio de armas. Sin darme apenas cuenta y con los nervios de lo de la avioneta, había firmado el contrato de mi alistamiento y con ello, mi consentimiento para ir de voluntario a Iraq. Eso sí, al menos montaría en avión, que ya era un paso.
Al mes aproximadamente, viajé junto con otros cien soldados a Iraq, sin duda aquella gente eran pardillos que no sabían adónde iban. Yo en cambio, me había preocupado por leer El ladrón de Bagdad, un buen libro. Sin duda, sabía como era la situación en aquel país. Después de un montón de horas de vuelo, cuando llegamos a Iraq y vimos el panorama, me acordé de la nación entera del ladrón de Bagdad y de parte de su familia. Aquello no era un país, aquello era el mismísimo infierno. Lloré, pataleé y hasta llegué a expulsar espumarajos por la boca en cierta ocasión, el caso es que logré que me expulsaran del ejército por desequilibrio mental. La verdad es que los engañé a la primera. En el viaje de vuelta, pensando, se me vino la pregunta de cómo había sido tan fácil engañar a los doctores del ejercito para que me dieran por loco, y encontré la respuesta, sin duda era gracias a mi magistral actuación, y esa reflexión me llevó de inmediato a plantearme mi carrera como actor. Y por eso estoy aquí, para apuntarme al casting por el papel protagonista. Pregunte señora, pregunte, no se quede con dudas sobre mí, aún no le he contado todo…

2006 © Miguel Ángel RincónPeña

La carta

El final de la tarde hace estremecer los cuerpos. Estoy mirando por esta ventana llena de rejas, llena de odio y miseria. En la mesa, la comida se enfría otro día más, otro día más sin dar un bocado.Entre estas cuatro paredes mi cuerpo va muriendo con cada minuto que pasa, mis músculos van debilitándose día a día. No creo que pueda soportar así mucho tiempo.

Toda esta historia comenzó cuando la policía me secuestró un mes de Marzo. Era jueves por la noche, mis compañeros y yo nos disponíamos a incendiar el cajero automático de cierto Banco multinacional. La policía apareció por sorpresa encañonándonos con sus relucientes pistolas. Después de pasar toda la noche en una celda de la comisaría central vino el inevitable interrogatorio, dicho interrogatorio consistió en insultos y palos por todos los lados.Al día siguiente me internaron en esta cárcel mísera y oscura, como preso preventivo muy peligroso. Yo militaba, y aún lo hago, en el Movimiento Revolucionario de Perú, un movimiento que lucha por los derechos de los indígenas, los campesinos y los excluidos. Somos personas con un mundo nuevo en nuestros corazones, un mundo donde los bienes sean repartidos para todos por igual, donde la justicia sea justicia y no puro teatro. Ese es el mundo por el que queremos, y luchamos con las armas de los pobres, con nuestras manos y nuestras vidas. Por todo esto, yo soy un preso peligroso para este estado fascista.

Y aquí sigo dos años y medio después, aún sin ser juzgado por ningún juez. Todo ese tiempo hace que no veo a mis compañeros ni sé nada de ellos, sólo las breves noticias que me dan mis familiares cuando les dejan verme los carceleros, esto suele ser una vez al mes. Desesperante.Mañana es 25 de diciembre, llevo un mes y dos semanas en huelga de hambre, en protesta por mi situación de secuestro ilegal, por esta incomunicación y por este trato inhumano del que estoy siendo objeto. Aquí las vejaciones son cosa frecuente. Sé que algunos de mis compañeros han muerto en huelgas de hambre, quizá sea ese mi final, el final de este preso político.
A mis 27 años de edad nunca antes había sido detenido, yo, vivía acomodadamente con mi familia a las afueras de Lima. Mi familia vive bien, es una familia burguesa. Mi padre es maestro y mi madre doctora. Un buen día decidí bajar al barrio antiguo y salir a ver lo que me rodeaba. Y lo que me rodeaba eran niños sucios y harapientos, muertos de hambre, drogas, prostitución, policías corruptos y un largo etcétera.Al volver a casa y ver mi barrio limpio, la cena preparada en la mesa, la calefacción. Sentí entonces que los sucios y harapientos no eran ellos sino nosotros. Pensé que era injusto que yo viviera con todo y ellos sin nada. Decidí que no podía estarme más tiempo de brazos cruzados, viendo como mueren todos los días los pobres de este país, bajo la mirada asesina del gobierno y sus cómplices. Mediante unos amigos me puse en contacto con el movimiento revolucionario e ingresé en él. En estos cuatro años de militancia y de combates nunca he matado a nadie (aunque muchos se lo merecieran), pertenecía al comando de apoyo y logística. Nuestras acciones entraban dentro de la lucha callejera. He visto muchos compañeros caer muertos por un balazo de la policía o de los milicos. Pero cada día somos más, la solidaridad para con nuestra causa crece por momentos. En el interior de la selva hemos creado varios poblados, en ellos tenemos escuelas donde enseñamos a los campesinos a leer y escribir, tenemos una emisora de radio que cubre unos cien kilómetros a la redonda, Radio Libertad se llama. Editamos un periódico que repartimos en los pueblos y en la capital. Cada día se nos unen un buen número de campesinos, pues, los soldados del ejercito o los paramilitares les persiguen, queman y arrasan sus cosechas y violan a sus mujeres. En el interior se lleva a cabo una guerra a todas luces, aquí en la capital es diferente, la lucha es urbana por lo tanto hay mucha gente inocente ajena en las calles, hay que ir con cuidado pues somos combatientes, no asesinos.

En estas fechas navideñas, donde todo el mundo se acuerda de los que sufren, de los que injustamente viven en la pobreza, en estas fechas en la cual la hipocresía inunda las casas de occidente y en la televisión se jactan de solidarios por emitir anuncios de ONGs. Pero la realidad es otra muy diferente y esa no sale por la pantalla.En este ocaso en el que presiento que mi vida se encuentra, quisiera besar a mi madre, abrazar a mi familia por última vez y decirles que mi lucha no fue en vano, que entiendan mis razones. Que todo este tormento vale la pena, son muchos los que han entregado su vida por la causa del proletariado sin pedir nada a cambio.Por eso escribo esta carta a los medios de comunicación, si muero dentro de esta pocilga me gustaría que esta carta fuese publicada, espero que a los medios les quede la suficiente humanidad, profesionalidad y rigor como para hacer posible mi petición.Quiero que toda la opinión pública sepa lo que de verdad está pasando. Y por lo tanto, denuncio el sistema penitenciario de Perú y de toda Latinoamérica, denuncio a su policía por usar la tortura y los malos tratos, denuncio a los militares por defender siempre al poderoso atacando al débil, denuncio al gobierno peruano por venderse a los EEUU a cambio de beneficios personales, denuncio a las multinacionales por explotar a los indígenas, en definitiva, denuncio todas estas injusticias que recorren nuestro país y todo el planeta. El que no se atreva a levantar la voz contra estos abusos, es cómplice y cobarde. Cualquier persona, desde dónde quiera que se encuentre, puede hacer algo, colaborar solidariamente. Os lo dice un preso, una persona a la que le quedan semanas, quizá días de vida, una persona que no se arrepiente de nada. Luchar por una causa justa y morir en el intento, es una de las maneras más hermosas de morir, lo he entregado todo por la libertad de los oprimidos de mi pueblo, todo hasta lo más preciado: Mi vida.

Lima, 24 de Diciembre de 1998

Nota del autor: Esta historia inventada, desgraciadamente se repite frecuentemente en la vida real, en multitud de países, no sólo de América Latina, sino en todos los lugares donde la democracia y la justicia brillan por su ausencia.

El relato está tal cual lo escribí en 2004, no lo he corregido posteriormente.

©Miguel Ángel Rincón Peña
Diciembre 2004

Dibujo de Manuel Pérez Martínez

El Programa WELLS

El interior de la iglesia estaba vacío, por las grandes paredes retumbaban los pasos de un hombre que parecía nervioso. Se sentó en un banco y agachó la cabeza como pidiendo redención. Pasó unos momentos balbuceando palabras entrecortadas, con los ojos casi cerrados y un pequeño tic en las piernas que le obligaba a moverlas nerviosamente. A su derecha pudo escuchar un leve ruido, instintivamente su cabeza se giró de inmediato observando que dentro del confesionario había movimiento. Debía de tratarse del padre confesor pensó, y sin dudarlo se levantó y fue a arrodillarse sobre un escaloncillo en un lateral del pequeño compartimiento diciendo:

- Ave María Purísima.

Se hizo el silencio durante unos segundos, pasados estos, una voz respondió:

- Sin pecado concebida.

Aquel hombre, antes nervioso, pereció calmarse, aunque aún le temblaban las piernas y las manos.

- Hola padre, busco confesión, pero no sé por dónde empezar, yo no soy muy creyente y hacía años que no entraba a una iglesia, pero creo que he obrado mal y me tengo que desahogar.
- No te preocupes hijo, empieza por el principio, cuéntame qué es lo que te angustia.
- Bien, pues debe usted saber que todo lo que le cuente esta tarde es alto secreto y confío en que sabrá guardar el secreto de confesión.
- No te inquietes, continúa.
- Hace unos años ingresé en la agencia de inteligencia como agente secreto, antes de eso era policía en las fuerzas especiales, primero en comandos de asalto, después en misiones de más envergadura. Desde niño siempre soñaba con poder proteger y ayudar a la gente. Un día nos citaron al despacho del comandante. Cinco hombres, los mejores, entre ellos también me encontraba yo. El comandante nos presentó a dos altos cargos del servicio secreto, al parecer habían leído nuestros expedientes y nos habían seleccionado para una misión ultra secreta y de gran importancia. De inmediato se nos trasladó a los cinco a las instalaciones centrales de la Agencia Nacional de Inteligencia, allí nos dieron a conocer parte del programa secreto en el que ingresaríamos tras una dura preparación. Nos dieron dos días para despedirnos de nuestras familias, pues al parecer, pasaríamos una temporada aislados. Después, vino un mes de duros entrenamientos y de aprendizaje con los aparatos que utilizaríamos en el programa.

El confesor, acariciándose la barbilla insistentemente le preguntó intrigado:

- De qué programa estás hablando.

Tras oír la pregunta, aquel misterioso personaje miró a su alrededor asegurándose de que no hubiera nadie que pudiera escuchar y en voz baja continuó:

- El programa se llamaba, y aún se llama, Wells. Imagino que no le sonará de nada, al igual que tampoco nos sonaba a nosotros cuando nos entregaron la documentación del proyecto, pero un poco más tarde comprendimos la razón.
Una mañana, estábamos estudiando unos planos, cuando de repente, se abrió la puerta de la habitación y entraron varias personas vestidas con larga bata blanca, parecían doctores, aunque en realidad se trataba de científicos. Uno de ellos, el más mayor, se acercó y nos dijo que nuestra preparación había concluido, que ya estábamos listos para comenzar a trabajar en el proyecto. El programa Wells había pasado a su segunda fase y ahí entrábamos nosotros.

En esto, la puerta principal de la iglesia se abrió, el hombre, arrodillado junto al confesionario se echó la mano al bolsillo de su chaqueta esperando ver quién entraba, poco a poco fue apareciendo la silueta de una anciana, sin duda una parroquiana que iba a rezar. El padre lo tranquilizó con sus palabras, la tensión se deshizo y continuó con la confesión.

- Pues bien, como le estaba contando, aquellos científicos nos acompañaron hasta una especie de sótano. Para llegar hasta allí había que bajar por una escalera de caracol que daba a un largo pasillo, era al fondo de éste donde se encontraba aquel laboratorio. Uno de ellos sacó del bolsillo un manojo de llaves e ingresó una en la cerradura de la puerta, al abrirla, dejó al descubierto otra puerta, esta vez de metal, robusta, como la de una enorme caja de caudales, conforme se iba abriendo fuimos observando lo que se hallaba en el interior. Una vez dentro pudimos comprobar que se trataba de un gran equipo informático, ocupaba todo el centro del laboratorio, alrededor cinco cápsulas conectadas unas a otras por multitud de cables y tubos. Fue allí, en aquel laboratorio donde empezó todo.

El padre, con tono ansioso y elevando levemente la voz, inquirió:

- Qué fue lo que empezó, qué eran aquellas cápsulas.

- Tranquilo padre, todo a su debido tiempo. Después de este primer contacto dentro del laboratorio con aquellos científicos, pasaron varios días en los que sólo paseábamos por el patio central, leíamos, veíamos la televisión y cosas así, creo que nos dieron un merecido descanso para así, poder coger fuerzas, pues lo que vendría después sería bastante duro y las necesitaríamos.
El día menos esperado, cuando nos encontrábamos almorzando nos llamaron al laboratorio, allí nos esperaban los científicos, esta vez eran cuatro, uno de ellos nos entregó una ropa elástica que tuvimos que ponernos bajo las que llevábamos puesta. Tras unos minutos en silencio, en los que ellos se dedicaron a conversar entre sí en voz baja y a manipular aquellos ordenadores, nos invitaron a pasar al centro de la estancia. El científico más mayor, con voz grave pasó a explicarnos, por fin, los últimos detalles que, sin duda, eran los más importantes. Empezó por darnos a conocer que el proyecto había pasado en aquellos precisos instantes a la tercera fase, la segunda parece que fue de transición y la tercera era la última y más trascendente. Aquel profesor, por el blanco intenso de su escaso cabello y su aspecto, debía de andar por los sesenta años. Continuó hablando, sobre teorías, sobre ecuaciones, sobre otros científicos e investigadores, hasta que al fin se dispuso a ir al grano. Nos dijo: - Señores, han sido seleccionados entre los mejores para cumplir unos objetivos que harán historia, pero que por cuestiones de seguridad, que ustedes seguro entenderán, es alto secreto y cualquier mínimo despiste podría poner en un serio peligro el programa Wells. Se preguntarán el por qué de ese nombre. Pues bien, ese nombre viene dado por una sencilla razón, supongo que conocerán a H. G. Wells, el novelista, historiador y filósofo inglés. Él escribió la novela llamada la máquina del tiempo, donde un científico viajaba al pasado y al futuro. Nosotros hemos logrado conseguirlo tras décadas de trabajos y estudio, y aunque no podemos ir al futuro, sí que hemos encontrado la forma de poder ir al pasado.

Dentro del confesionario se escuchó carraspear y hubo unos instantes de mutismo por parte de los dos. El confesor exclamó:

- Hijo, lo que me cuentas es increíble, me estás revelando que los viajes en el tiempo son factibles.

El hombre, en su afán por contarlo todo y librarse cuanto antes de su culpa, no dejó continuar al cura y prolongó aquella rocambolesca historia.

- Si señor, el ultra secreto programa se llamaba así en honor a aquel escritor visionario. Mis compañeros y yo nos miramos con cierta incredulidad, nosotros sospechábamos desde el principio que allí se estaba cociendo algo importante, pero nuestra imaginación no llegaba hasta aquellos límites. Comenzamos a preguntar cosas, detalles, todo aquello era nuevo para nosotros. Cuál era nuestra misión allí. Entonces, de entre aquel barullo de preguntas surgió una voz contundente que nos hizo callar, una voz de mujer que se encontraba a nuestras espaldas, entró sin darnos cuenta. Según dijo al presentarse, era la directora jefa encargada del programa y ella sería quien nos aclararía todas las dudas. Aunque no hizo falta preguntar nada, ella se encargó de explicar cuál sería nuestro trabajo allí. Y fue muy sincera. Nos dijo que nosotros seríamos los encomendados de viajar hasta el pasado. El programa Wells consistía en viajar a través del tiempo y del espacio hasta llegar a una fecha en la que ocurrió algún hecho perjudicial para nuestro país e intentar o bien que no sucediera o bien que quién lo iba a perpetrar sufriera un “accidente” o “suicidio” inducido supuestamente por nosotros.

El sacerdote interrumpió profiriendo:

- Pero es absolutamente increíble, estás hablando de viajar al pasado para arreglar sucesos luctuosos aún teniendo que asesinar para conseguirlo.

El hombre, con arrepentimiento en el rostro y en la voz, siguió su exposición de los hechos:

- Sí padre, más o menos esa era la idea principal. Supuestamente al viajar, nuestros cuerpos se quedaban en nuestro tiempo, en las cápsulas, al pasado sólo viajaba algo así como nuestro espíritu, por lo tanto seríamos invisibles e incapaces de obrar físicamente. Sólo algunas personas nos podrían sentir o ver, los llamados clarividentes o médium.
La directora nos entregó un dossier llamado La secta del Sol, según los informes, era una secta destructiva muy peligrosa que el dos de noviembre de 1975 provocaron más de una veintena de muertos y cientos de heridos al estallar una bomba en pleno metro de la capital. Aquella bomba la reivindicó la secta del Sol y aludieron que combatían el ateismo y preparaban la llegada de su Dios. Nuestra misión era viajar hasta 1974, un año ante de los sucesos y convencer a la secta para lograr un suicidio colectivo. En principio, yo estaba muy convencido de la necesidad del proyecto, al igual que mis compañeros. Todo estaba estudiado fríamente, era eliminar a los asesinos a favor de las víctimas. Ahora me explico el por qué de tantas horas de preparación y clases de psicología.

El padre, le pidió que siguiera sin omitir detalle y el agente secreto así lo hizo.

- Después de varias semanas estudiando el dossier y viendo videos de aquella tragedia, por fin llegó el día señalado para el viaje. Viajaríamos los cinco aunque tan sólo uno actuaría y trataría de entrar en contacto con ellos. Finalmente el elegido fui yo, pues tenía la puntuación más alta en psicología. Con cautela nos dispusimos a sentarnos en las angostas cápsulas transparentes, los científicos nos acoplaron a la cabeza una especie de casco parecido al de los ciclistas, también varios censores y demás aparatos. La luz del laboratorio pareció disminuir de intensidad, empecé a sentirme raro, me dolía un poco la cabeza, la vista se nublaba por momentos, sentía la boca seca y muy lentamente se hizo la oscuridad. Pasé así unos minutos, no sé cuántos y de repente, como en un sueño, pude ver un gran salón lleno de gente y un hombre de mediana estatura vestido con túnica blanca iniciando algún ritual. Yo me encontraba allí, pero ellos no podían ni verme, ni oírme, ni tocarme, sólo el médium podría contactar conmigo o con lo que él creería que sería su Dios. Repentinamente escuché como si me hablasen, eran mis compañeros, ellos también estaban allí, pero no podíamos vernos. Me acerqué al líder de la secta, el cual no paraba de invocar a los espíritus, así que le contesté. - Soy tu Dios. Le dije, y continué, - me has sacado de mi letargo, dime qué deseas.
Aquel pobre hombre se le puso el rostro pálido, estoy seguro de que era la primera vez que un supuesto Dios le hablaba. Tras recobrase del susto, me dijo entre rezos y alabanzas, que harían un acto de reivindicación por mí, aún lo estaban preparando pero que tarde o temprano los infieles recibirían su merecido castigo.
Tras varios meses contactando con la secta, logré o mejor dicho, logramos, que se convencieran de la idea de que este mundo no estaba hecho para ellos y que tenían que viajar a otro mucho mejor donde yo, su Dios, los esperaría. El dos de noviembre de 1975, en vez de poner una bomba en un céntrico metro, se suicidaron colectivamente en un rancho por medio de un poderoso veneno. La vida de once locos por las de más de una veintena de inocentes. En ese momento me pareció justo.

El sacerdote, cada vez más intrigado y metido en la historia le animó a seguir hablando.

- Después de esta primera misión, vinieron muchas más, chicos que se suicidaban en las vías del tren, convencidos de que eran los ovnis quienes se lo habían ordenado, personas que se volvían locas escuchando voces todo el día y acababan en un centro psiquiátrico para el resto de sus vidas. En definitiva, futuros asesinos suicidados misteriosamente o completamente locos antes de cometer delito alguno. Verdaderamente jugábamos a ser dioses, nos creímos jueces universales del espacio y tiempo. Se imagina padre, qué sucedería si el programa Wells cayera en malas manos, quiero decir, en manos peores aún de las que ahora se encuentra. Posiblemente la humanidad correría un grave peligro, aunque creo que desde que el programa comenzó, este mundo tiene los días contados. Yo, después de mucho pensarlo, decidí abandonar las misiones, la mala conciencia no me dejaba vivir, apenas duermo ni como nada desde hace días. Cuando el cansancio se apodera de mí sólo sueño con la gente que liquidé misión tras misión, se me aparecen sus caras, las caras de esas personas que convencí y engañé para que se suicidaran o se volvieran locas. Ahora, paradójicamente, el que está al borde de la locura soy yo. Además, la Agencia me persigue, creen que voy a contar algo, pero en realidad yo sólo quiero que me dejen en paz, comenzar una nueva vida, aunque aún no sé cómo porque no puedo volver a mi casa, la tendrán vigilada día y noche, tampoco puedo pedir ayuda a mi familia pues los pondría en un grave peligro. No sé qué voy hacer, tiene que ayudarme a escapar o a esconderme unos días en algún lugar seguro. Dígame qué hacer.

Una vez más, el silencio inundó toda la iglesia, ésta se había quedado vacía, solamente el sacerdote y el agente huido se encontraban aún en su interior. Las gotas de sudor caían por su frente y las lágrimas que comenzaban a brotar de sus entrecerrados ojos rodaban mejilla abajo. De repente se oyó un clic dentro del confesionario, el agente levantó su mirada observando la estrecha rejilla de madera pegada a una fina cortinilla roja, en ese preciso instante un silbido atravesó el panel y fue a parar a su pecho. Era una bala de pequeño calibre que hizo que el cuerpo del agente secreto fuera a dar contra el suelo.
Mientras, dentro del confesionario, unas manos desenroscaban el silenciador del pequeño revolver. Sentado se encontraba el agente Muñoz, de la agencia nacional de inteligencia, abajo junto a sus zapatos, acurrucado en el suelo de madera del angosto confesionario, el cuerpo inerte del verdadero sacerdote.
El agente Muñoz, galardonado varias veces por sus heroicas misiones cumplidas, abrió la puertecilla con el sabor del trabajo bien hecho, miró al agente desertor y pensó que quizá, algún día, él estuviera ocupando el lugar del moribundo. Abrochándose la chaqueta comenzó a caminar con paso lento pero decidido, abrió la puerta principal y salió de la iglesia. Cuando pisó la calle ya era de noche, las sombras habían ocupado la ciudad. Enfrente, en un parque, los árboles se batían en duelo con el viento nocturno y empezaba a lloviznar. Muñoz sacó de su bolsillo un moderno móvil y tecleó unos números, alguien al otro lado contestó y el agente exclamó escuetamente con voz seca, casi amarga,
- El trabajo está hecho.
Seguidamente se subió el cuello de la chaqueta y se dejó llevar calle abajo metiendo sus manos en los bolsillos del pantalón. Puede que por su cabeza empezara a merodear la sombra de su mala conciencia, esa que hasta el día de hoy, nunca le había visitado.


©Miguel Ángel Rincón Peña.
Marzo del 2006

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