La vida comedia

Cuando aquella señora, tras la enorme mesa de madera, me preguntó qué estudios tenía y cuáles habían sido mis anteriores empleos, mi respuesta fue la que sigue.


Empecé a estudiar el noble oficio de la contemplación de musarañas. Sus formas, tamaños, colores y sobretodo, sus ojos, me impactaron muchísimo sus grandes y profundos ojos negros. En poco tiempo me di cuenta de que aquellos estudios no tenían mucha salida, así que decidí dejarlos y comenzar a trabajar. Mi primer empleo fue vendedor de casitas imaginarias, llegué a vender cientos de aquellas casitas. Iba de puerta en puerta, o bien por la misma calle, ofreciendo aquel negocio, el comprador sólo tenía que firmar un breve y sencillo contrato de adquisición y pagar lo estipulado. Teníamos casitas para todos los bolsillos, por ejemplo, una casita en el campo costaba cien sueños, una cerca del mar ciento cincuenta y así para todos los gustos. Al mes y medio abandoné aquel trabajo, tenía que caminar demasiado, todo el día en la calle captando compradores. Además, no ganaba lo suficiente para pagar el alquiler. La verdad es que el alquiler era muy bajo, se sorprenderá si le cuento que vivía en un escaparate de una conocida calle comercial, sí ya sé, no tenía mucha intimidad pero no me podía permitir mejor cosa. Mirándolo ahora, desde la distancia, no estaba tal mal, y además al dueño le hacia un favor, pues era el escaparate principal de una tienda de camas y como yo solamente iba a dormir, pues le tenía medio vigilado el negocio. Hasta me ofreció un trabajo de agente de seguridad, pero tuve que rechazarlo, nunca me gustó trasnochar demasiado. A mí, lo que realmente me gustaba, era ser piloto de aeroplano, volar sin cesar atravesando los cielos del uno al otro confín. Pero acabé pilotando un taxi. En aquel momento era lo que más se parecía a un aeroplano y además, me dieron el turno de mañana. Era muy divertido, yo hablaba y hablaba con todos los clientes que se subían al taxi, incluso hubo una vez que tuve que asistir a un parto, allí, en el asiento de atrás del taxi. En agradecimiento a mis habilidades manuales por aquellas profundidades, la recién estrenada madre decidió que aquel churumbel llevase mi nombre, todo un detalle. Recuerdo que aquel mismo día, cuando terminé la jornada laboral, comencé a pensar en lo bonito que era dar a luz a un ser humano, pero de repente me vino a la cabeza lo bonito que tendría que ser fabricarlo. Ni corto ni perezoso puse pies en polvorosa y me planté en la casa de mi jefe, el dueño del taxi, le expliqué mi problema y él se comprometió a resolverlo. Eduardo, con dos hijos y una mujer esperando el tercero, me llevaría al sitio que él tanto frecuentaba; el famoso night-club llamado “El conejito juguetón“. Cuando entramos en el oscuro local, todas las chicas le conocían y el camarero le preguntó; - ¿le pongo lo de siempre? Yo me quedé sorprendido al ver su popularidad y entre copa y copa, cuando me quise dar cuenta estaba en una habitación con una chica más bien morenita que no había visto en mi vida. Yo, a mis cuarenta y cinco años, me había prometido que mi primera vez sería especial, y aquello no era lo que yo entendía como tal. Para romper el hielo, decidí preguntarle su nombre, a lo que la susodicha me respondió que se llamaba Jenny la Cachonda. Extraño apellido, pensé. Cuando salió del baño se me mostró como su madre la trajo al mundo, por lo que recordé el incidente que había tenido aquella tarde y me entró la nostalgia de la niñez, de un brinco la agarré y la abracé, era tanta la emoción que recorría mis venas que hasta comencé a llorar. Creo que la señora Cachonda entendió que la quería violar o abusar de ella de malas maneras y de un puntapié me tiró al suelo. La chica salió corriendo y gritando algo que no pude entender, al segundo entraron dos mozos que me sacudieron de lo lindo y por más que yo quise razonar no me dejaron abrir la boca si no era para lamentarme. Instantes después me vi arrojado de una patada en los cubos de basura del callejón trasero. Tras varios días de baja, concluí que aquel trabajo no me llevaría por buen camino, mi jefe ejercía sobre mí una influencia negativa y lasciva. Sin duda, lo que me hacía falta era buscar mi propia identidad, encontrar mi camino. Y qué fue lo que hice…, pues pedir cita a un reputado psicoanalista que pasaba consulta en un ático. Ya ve usted qué original. Tengo que decir que el primer año no avanzamos mucho, pero a base de asistir todos los días a las sesiones y de ponerle ganas, poco a poco la cosa fue a mejor. Hasta encontré un trabajo muy bien remunerado y que no exigía de una gran intelectualidad. Yo hacía las veces de hombre que dirige el miembro del mamífero artiodáctilo asilvestrado en el acto de la generación. O sea, era mamporrero del comúnmente llamado, cochino jabalí. En aquel momento de mi vida, llegué a creer que era el oficio más bueno que encontraría, pues vivía en un rancho y tenía una habitación para mí sólo, sin tanta luz como en aquel escaparate, con mucha más intimidad, aunque a lo primero dormía con la ventana abierta, ya sabe, la fuerza de la costumbre. Por la mañana iba en busca del macho semental y lo sentaba en la mesa para desayunar, le servía el café y las tostadas, le leía el periódico y cuando estaba listo lo acompañaba a visitar a las hembras que esperaban nerviosas en sus habitaciones. Una vez allí, yo era el encargado de realizar las presentaciones oportunas y entablar un poco de conversación, más que nada para que la cosa no fuese tan fría. Una vez que habían roto el hielo, pasábamos a la cama de matrimonio, cuando Jorge, que así se llamaba el cochino jabalí, necesitaba de mi ayuda, yo, con máximo cuidado hacía mi trabajo. Así hasta que Jorge quedaba extasiado y se retiraba a sus aposentos a descansar y a reponerse para la tarde. Al anochecer y ya habiendo concluido la jornada, Jorge y yo echábamos una partida de ajedrez, no sé cómo lo hacía que siempre me ponía en jaque. Después veíamos alguna película en la tele y al catre. Todo aquello terminó un mal día cuando, mi querido amigo Jorge, mientras realizaba el acto, su corazón… bueno, permítame que no hable de aquel trágico suceso, fue una gran pérdida para mí. Fue entonces cuando decidí que no volvería a trabajar con animales. Hice el equipaje, me coloqué mi chaqueta y mi embudo en la cabeza y volví a la ciudad. Ésta me acogió con los brazos abiertos, cual hijo pródigo. Ahí estaba ella, tan gris, tan contaminada, respiré profundo y me llené los pulmones de polución, en aquel momento pensé, tengo que rehacer mi vida, y volví a coger cita en la consulta del psicoanalista. No pasó ni un año y ya notaba la mejoría, y emprendí la búsqueda de un nuevo empleo. Esta vez será diferente, pensé, y me dirigí hasta un tablón de anuncios que había en un tablón. Comencé a leer, se busca albañil con experiencia, se busca abogado con experiencia, se necesita podólogo con experiencia, etc., mis ojos se cristalizaron cuando leí; se necesita piloto con o sin experiencia. Estaba claro, esa era la oportunidad que había estado esperando toda mi vida, apunté la dirección y me puse en camino. Cuando llegué a la dirección exacta creí haberme equivocado, estaba justo en la puerta de la comandancia aérea del ejército. Ya que me encontraba allí, no perdería nada por pasar y preguntar. A las tres horas estaba vestido de caqui y barriendo el patio de armas. Sin darme apenas cuenta y con los nervios de lo de la avioneta, había firmado el contrato de mi alistamiento y con ello, mi consentimiento para ir de voluntario a Iraq. Eso sí, al menos montaría en avión, que ya era un paso.
Al mes aproximadamente, viajé junto con otros cien soldados a Iraq, sin duda aquella gente eran pardillos que no sabían adónde iban. Yo en cambio, me había preocupado por leer El ladrón de Bagdad, un buen libro. Sin duda, sabía como era la situación en aquel país. Después de un montón de horas de vuelo, cuando llegamos a Iraq y vimos el panorama, me acordé de la nación entera del ladrón de Bagdad y de parte de su familia. Aquello no era un país, aquello era el mismísimo infierno. Lloré, pataleé y hasta llegué a expulsar espumarajos por la boca en cierta ocasión, el caso es que logré que me expulsaran del ejército por desequilibrio mental. La verdad es que los engañé a la primera. En el viaje de vuelta, pensando, se me vino la pregunta de cómo había sido tan fácil engañar a los doctores del ejercito para que me dieran por loco, y encontré la respuesta, sin duda era gracias a mi magistral actuación, y esa reflexión me llevó de inmediato a plantearme mi carrera como actor. Y por eso estoy aquí, para apuntarme al casting por el papel protagonista. Pregunte señora, pregunte, no se quede con dudas sobre mí, aún no le he contado todo…

2006 © Miguel Ángel RincónPeña

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