Trópico de Capricornio

Querido nieto, ahora que estoy en mi lecho de muerte, te voy a contar una historia que nunca he desvelado. A lo largo de mi vida he contado muchas historias, pero créeme, ninguna se puede comparar en lo más mínimo con esta.
Todo comenzó cuando yo tenía tan sólo veintiocho años, quién los tuviese ahora otra vez, pero el tiempo que se va no vuelve jamás, ya te darás cuenta algún día.
Yo llevaba desempleado algunos meses, porque después de la guerra la cosa estaba fatal en todos los sentidos. Cerraron muchas fábricas, y yo, que trabajaba en una de ellas me quedé en la calle, sin una perra chica y teniendo que volver a la casa de mis padres con la cabeza gacha. Eran tiempos realmente difíciles, el hambre hacía estragos. Entré en una depresión, pasaba las noches bebiendo vino en los bares de mala muerte que se agolpaban en mi barrio. Una de aquellas noches, en un bar del puerto, conocí a una persona que marcaría mi vida para siempre.
Estaba yo, como casi siempre en aquella época, apoyado en la barra y con un vaso en la mano, escuché rumores a mi espalda, voces a media voz, gente corriendo de un lado a otro, salían y entraban, era algo extraño. De repente, un hombre se subió encima de la barra, casi me tiró el vaso al suelo, instintivamente retrocedí. Aquel hombre nos hizo una oferta a todos los que aquella noche allí nos encontrábamos. Con voz ronca exclamó que necesitaba personas dispuestas a trabajar, sólo quería hombres sin cargas familiares y que quisieran embarcarse aquella misma madrugada. Dos hombres de mediana edad levantaron sus manos al fondo del bar, a mi lado, un chico de unos dieciocho años también hizo lo mismo. Yo no podía pensar con claridad, el alcohol me nublaba la mente, pero como en un movimiento instintivo alcé mi mano casi sin darme cuenta, sin saber en dónde me estaba metiendo.
Aquel hombre nos fue llamando a todos los que levantamos la mano y nos reunió en la puerta del bar. Éramos seis, cordialmente se presentó dándonos la mano, dijo llamarse Paco. Hechas las presentaciones y con su dedo índice señalando en una determinada dirección, indicó que aquel era el barco en el que partiríamos aquella misma noche, no nos dijo dónde ni por qué, sólo nos dio un adelanto del sueldo que recibiríamos. Corrí calle abajo hasta llegar a mi casa, una vez allí le expliqué a mis padres lo ocurrido, ellos no lo entendían, pero yo sí, era la oportunidad de salir del lodo, y esas oportunidades sólo pasan una vez en la vida y yo no estaba dispuesto a dejarla escapar, así que me dispuse e hice la maleta con lo primero que encontré en mi habitación. En esto, llegó María, alertada por mi madre. María era por aquel entonces un amor fuerte y vigoroso, éramos novios desde hacía años. Quizás por eso debía de partir en aquel barco, tenía que ganar lo suficiente para casarme con ella. No quiero ni recordar cuán amarga fue aquella despedida, las lágrimas se mezclaron con los besos y yo le prometí que volvería para estar unidos para siempre.
A las doce de la noche estaba con mi maleta en el puerto, frente al barco y junto a mis nuevos compañeros de viaje. Nos recibió Paco en cubierta, embarcamos y paso seguido nos enseñó el interior. A la una y media de la madrugada salíamos del puerto de Cádiz hacía algún lugar, entonces no se me podía pasar por la cabeza adónde nos llevaría aquella aventura.

La primera noche abordo no pude pegar ojo, todo me daba vueltas sin parar, cada media hora tenía que salir corriendo al servicio para vomitar, llegué a creer que no lo podría soportar. Al final, como siempre pasa, uno se acaba acostumbrando a todo, incluso a los mareos.
A la semana de estar navegando ya había pescado, algo que nunca antes había hecho, aprendí a usar la brújula, a mantener el timón. En aquel barco no se perdía el tiempo, siempre había algo que hacer, a cualquier hora. Nuestro capitán, Paco, en los ratos libres nos daba clase de geografía, literatura, matemáticas, etc. Algunos de nosotros no teníamos mucha cultura, algunos no sabían ni siquiera leer. Paco se preocupaba mucho de los analfabetos y les dedicaba más tiempo. Recuerdo que nos decía que la cultura hace que el hombre sea libre. Me viene a la cabeza un refrán que repetía de vez en cuando y que yo nunca olvidé, decía más o menos así: Somos veintinueve hermanas, de muy poco parecido, aquel que no nos conozca por el mundo irá perdido. Como ya habrás adivinado hablaba del abecedario.
Una de las cosas que más me gustaba, además de escuchar a Paco, era sentarme en la popa del barco y ver como el cielo se volvía de color vino e iba poco a poco anocheciendo. En aquella soledad, allí, perdido en algún punto de alta mar, recordaba mi casa, echaba de menos a mis padres, a mi pobre madre cosiendo para la calle hasta altas horas de la noche, a mi padre, un pobre carpintero que sobrevivía con un pequeño sueldo. Y como no, mi María, la única que me conocía bien y me comprendía. Los recuerdos se me amontonaban en la cabeza y más de una vez se me escapaba alguna lágrima mejilla abajo. En esos momentos siempre aparecía Paco para animarme un poco y me contaba, con su voz ronca, pero a su vez cálida, alguna historia que me sirviera como ejemplo o que me hiciera olvidar.
En aquel barco, todos éramos muy buenos compañeros, desde el cocinero hasta el capitán, todos nos apoyábamos y nos ayudábamos en cualquier circunstancia.

Aproximadamente al mes de estar navegando, al fin, divisamos tierra. En ocasiones le habíamos preguntado a Paco hacia dónde nos dirigíamos, pero éste no decía ni palabra del lugar de destino. Ante esta circunstancia, nuestro capitán nos reunió en cubierta y nos dijo que estábamos acercándonos a una isla situada en las antillas, en las Islas de Barlovento, exactamente se trataba de la isla de Santa Lucia. Eso quería decir que estábamos en el mar Caribe. Paco nos dijo que atracaríamos en el puerto de Castries, la capital de la isla y que sólo nos quedaríamos dos días, uno de descanso y otro para abastecer al barco y continuar de nuevo con el viaje.
Nada más poner los píes en tierra corrimos hasta el bar más cercano, por el camino había puestos y mercadillos con alimentos, sobre todo con bananas y cocos. Aquellas gentes debían ser descendientes de africanos, pues eran todos negros, nos recibieron con mucha amabilidad. A las dos horas ya estábamos borrachos, ahora me arrepiento, pues en vez de perder el tiempo bebiendo en el bar, podría haber visitado la isla, ver cosas y aprender. Eso fue precisamente lo que hizo Paco. Desde entonces decidí seguir su ejemplo de hombre cabal.
El segundo día estuvimos subiendo abordo cargamento variado, calculé que por todo lo que llevábamos, íbamos a estar otra larga temporada navegando. Antes de partir de nuevo, le escribí unas letras a mi familia en una postal que mostraba lo bella que era aquella isla llamada Santa Lucía.
Nada más zarpar, nuestro capitán nos llamó a reunión y nos explicó que nos dirigíamos al canal de Panamá y que una vez allí lo cruzaríamos. Debíamos de estar atentos y hacer guardias, pues dijo que aquella era zona peligrosa en la que los bandidos de toda índole hacían su agosto con las embarcaciones que por allí navegaban.
Durante el viaje, según nos explicaba por las tardes en cubierta, a nuestra izquierda iban quedando países como Venezuela y Colombia.
Más de dos mil kilómetros nos separaban ya de las antillas, al fin nos acercábamos al canal de Panamá. La tensión en aquellos momentos era evidente, todos estábamos nerviosos, atentos a cualquier ruido, a cualquier movimiento. Fue de las situaciones de más tirantez que vivimos a bordo. Al final no fue para tanto, no tuvimos ningún problema y eso que se cruzaron varias barcazas sospechosas. Pero, nada de nada.

Y así fueron pasando las horas, los días… a lo lejos se intuían islas como Saboga, San José, las Galápagos, etc. La tripulación empezaba a estar molesta, queríamos saber hacia dónde nos dirigíamos, todos teníamos el mismo hormigueo en la barriga por la incertidumbre que suponía el no saber dónde ni cuándo llegaríamos a nuestro destino. Nuestro capitán se vio obligado a darnos una explicación, sus palabras fueron directas al grano, que en realidad era lo que todos esperábamos. Mirándonos de frente nos dijo que nuestro destino estaba más cerca que nunca, allí nos esperaba la persona que realmente nos contrató, él sólo era su lugarteniente. Nos explicó un poco la situación. El hombre que nos esperaba en una supuesta isla perdida en el pacífico, según Paco, era un señor muy poderoso y sabio, todos aprenderíamos mucho de él y de aquella aventura.
Tras un par de días más de viaje, divisamos a lo lejos la forma de una isla, una pequeña isla por lo que se podía observar conforme nos acercábamos a ella. Dicha isla no debía de contar con más de 100 kilómetros a la redonda.
En pocas horas estuvimos en un pequeño puertito construido en madera. El paisaje era de fábula, aguas cristalinas, arena blanca, palmeras y en el interior una pequeña selva llena de especies exóticas. Nada más atracar en la isla pusimos los pies en tierra firme. ¡Por fin! exclamábamos al caminar por aquella maravillosa playa. El que había sido nuestro capitán en el barco nos guió por lo que supuestamente era un caminito que empezaba casi en la orilla y se introducía entre los matorrales y las palmeras. Tras unos minutos de marcha, llegamos a lo que sería un pequeño campamento, donde varias chozas, alineadas una junto a otra, hacían prever que serían nuestro refugio durante nuestra estancia en la isla. Paco entró en una especie de cabaña al final de la fila, entre unos árboles que yo nunca había visto antes. A los cinco minutos salió junto a un hombre mayor, podría tener unos sesenta años y caminaba apoyado en un viejo bastón. Se acercaron hasta donde nos encontrábamos. El anciano se presentó diciendo que se llamaba Julián Villegas. Nos dijo que era de Trujillo, un pueblo de Extremadura y que por circunstancias de la vida se encontraba en aquel lejano lugar. Nos expuso la situación de la isla, era volcánica y se encontraba en el trópico de capricornio, según sus cálculos estábamos a unos veinticuatro grados al sur del ecuador terrestre. En aquel momento aquella explicación se nos antojaba difícil de entender, pero con el tiempo todo sería diferente. Nos dieron el resto del día libre para instalarnos y descansar del largo viaje.

Al día siguiente, sobre las ocho de la mañana, Paco nos despertó y nos condujo hasta otra cabaña más grande que hacía las veces de comedor. Después de un copioso desayuno a base de papayas, cocos y demás frutas extrañas, nos reunimos con Julián para empezar los trabajos.
Comenzamos a caminar entre la espesa selva, guacamayos, loros y otras especies se cruzaban en nuestro camino. Poco a poco fuimos llegando hasta la boca de una cueva. Allí nos esperaba una pequeña choza que guardaba los picos, las palas y todos los útiles para comenzar el trabajo que, aun no sabíamos a ciencia cierta de que iba, aunque pudimos intuir que lo que buscábamos sería mineral o algo así.
Hicimos turnos para bajar a la cueva, horas y horas picando en la piedra, abriendo camino, retirando escombros. Día tras día desayunábamos y de seguido a la cueva, ocho horas trabajando, después teníamos tiempo libre para pasear por la isla, para pensar, para mirar la inmensidad del mar. Los anocheceres más bellos los viví en aquella isla. Una enorme camaradería, aun mayor que la que teníamos en el barco, surgió entre todos nosotros.
Por las noches, encendíamos una gran hoguera y nos reuníamos alrededor de ella, entre risas, bromas e historias. Una de aquellas noches, la isla tembló durante algunos segundos, unos segundos que nos parecieron eternos. Las palmeras se estremecieron al igual que las cabañas. Julián Villegas nos dijo que era un pequeño temblor de tierra producido por el volcán que coronaba la isla. Otras noches habíamos sentido un leve movimiento de tierra, apenas imperceptible. Pero aquella noche fue diferente.
Al día siguiente, sobre el mediodía, hubo otro temblor, este nos cogió dentro de la cueva, llevábamos ya una profundidad bastante considerable cuando al terminar de moverse la tierra, empezó a desprenderse las paredes del fondo del túnel, todos los que nos encontrábamos allí cavando y picando emprendimos raudos la huida hacia el exterior. Un ensordecedor ruido, como si de una gran bomba se tratase, atravesó nuestros oídos. Al salir de la cueva, estaban esperándonos los demás, temiéndose lo peor, Afortunadamente no hubo bajas.
Julián, con un viejo libro bajo el brazo y Paco, se aligeraron a entrar en la cueva, nosotros intentamos detenerlos, nadie podía saber en que estado habría quedado el final del túnel, pero al parecer, ellos tenían las ideas muy claras y nos tranquilizaron diciéndonos que probablemente habíamos encontrado lo que un día se perdió. Todos nos quedamos callados, Julián nos dijo que esperásemos en la entrada de la cueva, que ellos volverían lo antes posible, dicho esto, las dos siluetas se perdieron por el largo pasillo que iba a dar al fondo del oscuro túnel. Pasaron horas y horas, el final de la tarde hacía enrojecer la isla, y cuando menos lo esperábamos, salió Julián empapado hasta los huesos en lo que parecía agua, invitándonos a entrar.
Durante el recorrido, unos setecientos metros, Julián sólo repetía lo mismo: - Es increíble, es increíble, teníamos razón. Todos nos mirábamos y le preguntábamos qué era aquello que habíamos encontrado, pero él seguía con lo mismo, ensimismado. Al llegar al sitio exacto donde tuvo lugar el derrumbe nos encontramos con algo que era del todo imposible de creer. Una gran luz salía de un extremo de la pared, el derrumbe había abierto un gran hueco y por él nos adentramos.
Al pasar al otro lado, nos hallamos con un pequeño recinto lleno de árboles de mediana estatura, bajo nuestros pies, un manto de césped a modo de alfombra y un alegre riachuelo que brotaba de las rocas y caía en un cauce que desembocaba en un estanque. La perplejidad que mostrábamos ante aquel panorama, hizo que Paco se situase justo enfrente de nosotros y soltara una gran carcajada, después, hizo que nos sentásemos sobre el césped y entonces, Julián, sin soltar aquel extraño libro, que según nos dijo, contenía datos, mapas y creencias de los egipcios, del reinado de Seti I, nos explicó que llevaba décadas siguiendo el rastro de aquel lugar, nos dijo que éramos unos privilegiados al haber descubierto y poder contemplar aquel jardín sagrado, ni todos los tesoros de la tierra juntos podrían compararse a la sustancia que llevaba aquel riachuelo. Era llamado por todas las culturas como el alimento de dios, algo cuyas propiedades, harían que quién lo bebiera fuese inmortal para siempre.

Desde que llegó a la isla, Julián estudió algunos pájaros y descubrió que eran casi prehistóricos, los mismos pájaros que posados en la orilla del estanque bebían a diario. Sólo eran aves las que lo habían bebido, pues aquel jardín sólo tenía una entrada hasta entonces y era por arriba, volando. Pero también hizo muchos experimentos con ellos y uno le hizo dar con un problema, quién bebiera aquella agua sería inmortal, pero no podría salir a más de un kilómetro fuera del radio de la isla, pues el cuerpo se convertiría en polvo. O sea, obtendríamos la vida eterna pero a cambio seríamos prisioneros de aquella pequeña isla. Nos dijo que el libro lo explicaba claramente, los hombres que bebieran o comieran el maná, serían inmortales, pero no se podrían mezclar jamás con los mortales de la Tierra.

Era increíble, algo que no podía ser cierto, habíamos encontrado el secreto de la vida, el Maná. Todos se apresuraron a beber del cristalino río, hubo hasta quien se tiró de cabeza al estanque. Cuando estuve a punto de beber, agachado en el borde, me vino al pensamiento los ojos de Maria, sus labios, sus pálidas manos acariciando las mías en aquella amarga despedida, una gran tristeza me hizo incorporarme ante el asombro de mis compañeros, todos me observaban con gestos de extrañeza, entonces Paco y Julián se acercaron y me dijeron: - Pero, qué es lo que te retiene para no beber, qué puede ser más importante que la inmortalidad, que la sabiduría. A lo que yo, casi sin pensarlo respondí: - El Amor. Mi respuesta hizo que todos callaran. Con paso firme me dirigí al túnel.
Paco salió en mi busca y me acompañó hasta salir de la cueva. Me dijo que me lo había advertido, que sólo querían personas sin cargas familiares, sin nada que les atase, aquella noche en el bar del puerto lo dejó muy claro. Yo le respondí que sólo acepté porque era la única oportunidad de ganar dinero para casarme con la mujer que amaba aún más que la mismísima eternidad. Creo que Paco lo comprendió, así como también los demás, incluido Julián. Aquella misma noche, junto al fuego de la hoguera, éste me invitó a quedarme en la isla todo el tiempo que considerase oportuno, pero el trabajo por el que se me contrató había acabado, podía marcharme cuando quisiera a mi casa y me entregó un sobre repleto de billetes, nunca había visto tanto dinero junto. Paco me ofreció una barca para salir de allí. Yo, entre lágrimas agradecí de corazón que me dejarán volver y prometí que nunca jamás, bajo ningún concepto le contaría a nadie aquel secreto ni hablaría de la isla.
A las nueve de la mañana del siguiente día, abracé uno por uno a todos mis compañeros, fue algo muy emotivo, sobretodo cuando llegó el turno de despedida de Paco, él me había ayudado mucho en los momentos difíciles. Subí a bordo de la barca, estaba llena de comida y de agua, Julián me había dicho que siguiera siempre el este, así llegaría a Chile, una vez allí, todo sería más fácil para poder volver a casa.

Poco a poco la isla se iba perdiendo en la lejanía, mis manos agarraban con fuerza el pequeño timón siempre al este, no podía perder el rumbo. En aquellos días de viaje pensé mucho en lo que había sido mi vida hasta entonces y en lo que sería a partir de aquel momento. En mi niñez, en mi familia, la maldita guerra, el hambre, tantas cosas… hasta que de repente me vi envuelto en aquella aventura, la vida me había puesto en aquel lance en el momento preciso. Pensé en los antiguos amigos y en los nuevos que ahora dejaba en la isla, recapacité intentando buscar una respuesta a este jeroglífico que es la vida, en cuál sería el propósito final de todo, en si merecía la pena tanta lucha. Cuando los ánimos me fallaban pensaba en María, en todo lo que ella significaba para mí, en cómo una persona puede influir en otra incluso a miles de kilómetros. Ella me daba las fuerzas necesarias para seguir apretando el timón en el rumbo correcto.
Creí que la vista me estaba jugando una mala pasada cuando lentamente fue apareciendo en el horizonte un trozo de tierra, estaba apunto de anochecer. Por fin, las luces del puerto se acercaban cada vez más. Pronto estuve frente aquel puerto, atracando mi maltrecha barca. La verdad es que fue casi un milagro que aguantara el viaje y no me dejara naufragando en mar adentro. Puse pie en tierra firme después de tres días de viaje, el puerto estaba totalmente en silencio, no se veía ni un alma. Me adentré por una callejuela y pude leer un cartel que supuse sería el nombre de aquel pueblo: Antofagasta, ¡vaya nombre! A simple vista parecía un pueblo pesquero. Al doblar la primera esquina sentí un gran golpe en la cabeza que me dejó sin conciencia. Cuando desperté estaba en la comisaría portuaria. Una pareja de policías me encontró tirado en la acera, al parecer unos vándalos me habían atracado robándome hasta los zapatos. La policía me interrogó, parecía que sospechaban de mí, me hacían muchas preguntas, de dónde era, que hacía en Chile, cómo había llegado hasta Antofagasta, etc. Por fin, después de convencerles de que yo era un simple viajero, una especie de aventurero recorriendo el mundo, me dejaron marchar recomendándome que saliera del pueblo cuanto antes.
Repentinamente mi vida había dado otra vuelta, esta vez a peor. Me encontraba en un país que no conocía, en la calle y sin dinero. Descalzo comencé a caminar perdido como un perro callejero. Recordé la barca, corrí como corren los galgos del amanecer y cuando llegué, la vieja barca se estaba hundiendo por momentos. Me eché las manos a la cabeza y maldije mi suerte. Aquella noche dormí entre cartones y cubos de basura que apestaban a pescado podrido. Al amanecer, el puerto cobró vida, los pescadores empezaban su jornada, el ruido de las gaviotas me despertó y pude ver a un par de pescadores apostados frente a mí. Me miraban con cara de pena, uno de ellos me ayudó a levantarme, yo, casi tartamudeando por la noche que había pasado, les expliqué mi situación. Se apiadaron de mí y me dieron algunos pesos para comer y una vieja bicicleta, dijeron que hacia el norte se encontraba el aeropuerto de Cerro Moreno. Les di sinceramente las gracias y empecé a pedalear buscando la salida norte del pueblo. Mientras que avanzaba, montado en aquella bicicleta, pensaba para qué me dirigía al aeropuerto si carecía de dinero para comprar un billete de avión. Pero bueno, al menos lo intentaría.
A los treinta kilómetros de pedaleo constante entré en el aeropuerto, en cuanto lo divisé me di cuenta de que desde allí no podrían salir vuelos a España, era más bien un aeródromo deportivo o algo así. Pero aquella tarde la suerte me acompañó, resulta que una avioneta iba a despegar en una hora hacia el aeropuerto de Asunción, en Paraguay. Después de mucho rogar, el piloto aceptó llevarme, según me dijo, él tenía familia en Galicia y me haría el favor sin que se enteraran sus jefes. A las dos de la tarde, según el reloj de abordo, despegamos, destino: Asunción. Según Alberto, que así se llamaba el piloto, nos quedaban mil trescientos kilómetros por delante, unas seis horas de viaje cruzando el norte de Chile y Argentina hasta llegar al aeropuerto Silvio Pettirossi, en Paraguay. Curiosamente seguía mi camino muy cerca del trópico de capricornio.

Siete horas sentado en un asiento relativamente estrecho dejan los huesos muy doloridos y las piernas torpes. Pero por fin estábamos en Paraguay, esperaba entrar con mejor pie en este país que cuando lo hice en Chile. Al menos ahora no tenía nada de valor encima. Alberto me dio la dirección de una asociación de españoles exiliados en la capital, me dijo que entre ellos había un tal Fernando, primo lejano de él y que me sabría ayudar. No supe cómo agradecerle toda la ayuda que me había prestado sin pedirme nada a cambio. Cogí el autobús hasta Asunción, en el camino me fijé en el bonito paisaje, en los árboles, los ranchos. Sentado a mi lado se encontraba un anciano cubierto con un pequeño sombrero de paja, me miró con cara afable y sonrió. Nada más llegar a la estación y bajar del autobús, le pregunté a un guardia urbano por la dirección que el piloto me entregó, la calle se llamaba del sagrado corazón. Tuve que andar un buen trecho, hasta llegar a la calle precisa, busqué el número ciento ocho y al fin, allí estaba, un portal abierto me daba la bienvenida. Entré y toqué la campanilla, nada más hacerlo la puerta se abrió y una mujer de unos veinte años me recibió, pregunté por Fernando Castillo. La muchacha me hizo pasar a un salón, una especie de recibidor, allí se podía ver un cartel en el que se leía, Asociación de exiliados políticos de España. De repente apareció un joven de unos treinta y tantos, moreno y con una sonrisa en los labios. Su frase de presentación fue la siguiente: - Otro españolito más huyendo del nacional catolicismo.
Era el tal Fernando, le conté un poco mi historia, omitiendo el secreto que llevaba dentro de mí. Le dije que había pasado la guerra en el bando republicano, eso le tranquilizó e hizo que confiara más en mí y que creyera un poco más aquella historia que le estaba contando. Le expliqué la necesidad que tenía de volver a España, Fernando me miró con cara de extrañeza y me dijo que él tenía muchos contactos en Paraguay y en Argentina y que intentaría ayudarme en lo que pudiese. Esa misma noche tenía una reunión con gente del partido, camaradas suyos, y hablaría con ellos del tema.
Aquella noche la pasé en vela esperando que pasaran pronto las horas para que me explicara qué le habían dicho en la reunión. Por fin en el reloj del salón se escucharon las nueve de la mañana, raudo y veloz me dispuse a salir de la habitación que muy amablemente habían preparado para mí. Bajé por las escaleras hasta llegar al salón, allí estaba Fernando desayunando junto a dos personas más. Me invitaron a sentarme a la mesa y compartir el desayuno. Fernando me presentó a sus amigos, uno, el más mayor se llamaba Luis, el otro Jordi. Luis me dijo que estaba enterado de mi situación y que quizá me podrían ayudar si yo aceptaba ayudarles a ellos, mientras, sus miradas se cruzaban esperando ansiosos mis palabras. Le pregunté en qué consistía la ayuda que ellos necesitaban, Fernando casi me interrumpió y habló claramente sobre sus propósitos. Me comentó que ellos eran exiliados políticos y enemigos del régimen franquista, por lo tanto no podían volver a España, pero yo sí que podría, así que el favor que me harían sería pagarme el viaje y darme una gran cantidad de dinero para la causa antifranquista y otra cantidad para mí en compensación por el riesgo que iba a correr. Ese dinero era fruto de recolectas, según dijo Jordi. Pero no quedaba ahí la cosa, pues como yo nunca había sido fichado ni preso en España, pretendían que yo les sirviera como espía. Estaba entre la espada y la pared, si decía que no, me quedaba en Paraguay, si respondía afirmativamente estaría en mi casa en unos días. Después de pensarlo unos segundos, que para ellos debieron de parecer horas, respondí que sí, que lo haría. Nada más dar mi respuesta, Luis y Jordi se levantaron diciendo que esa misma tarde cruzaría la frontera hasta Argentina, al aeropuerto de Clorinda, a once kilómetros de Asunción, pues esta ciudad está situada junto a la frontera entre los dos países y eso nos beneficiaba.

Sobre las nueve de la noche llegamos en taxi al aeropuerto, mi vuelo salía en cuarenta y cinco minutos. Me acompañaban Fernando y Luis. Me entregaron dos maletas, en ellas llevaba ropa, comida y por supuesto, dinero, no me dijeron la cantidad, sólo que la maleta más grande debería de entregarla al llegar al aeropuerto de Madrid a un tal Guillermo que se identificaría por una chaqueta de pana verde y un pañuelo al cuello blanco. La otra maleta era para mí. Nos abrazamos, nos deseamos suerte recíprocamente y acto seguido embarqué en el avión. Más de nueve mil kilómetros se presentaban ante mi cansado cuerpo, harto de vagar por medio mundo. Durante el largo viaje pensé en mis amigos de la isla y su invitación de volver algún día a ella, nunca rechacé esa posibilidad, pero el problema sería volver a encontrarla en medio del pacífico. Los pensamientos se acumulaban en mi mente, me encontraba tan fatigado y débil que me quedé dormido y así pasé casi todo el viaje. Cuando por el altavoz el capitán anunció que en diez minutos llegaríamos a Madrid, mis ojos se abrieron de par en par, miré por la pequeña ventana que se encontraba a mi izquierda y divisé la península. Un cosquilleo recorría una y otra vez mi barriga, un cúmulo de sensaciones y pensamientos pasaron de nuevo por mi cabeza y, por fin, tomamos tierra en el aeropuerto de Madrid.
Nada más pasar la aduana observé a un tipo vestido como me dijeron, se me acercó y en voz baja se presentó como Guillermo Ruiz, el camarada Guillermo. Le entregué la maleta más grande y se despidió dándome la mano y diciéndome que tendría noticias de él dentro de unos meses. Yo me dirigí aceleradamente hasta la estación de autobuses y cogí el primero que salía para el sur. Otro viaje más, aunque este sería el último.

Llegué a la puerta de mi casa al alba, con los nudillos de la mano derecha golpeé la puerta de madera. Se escuchó el sonido del cerrojo y se abrió dejando ver la silueta de mi madre, al verme no se lo podía creer, nos abrazamos casi un minuto. Al entrar en la casa me di cuenta que también estaba allí María, que se echó a mis brazos llorando como nunca antes la había visto llorar.
Entre besos y abrazos me senté a la mesa y me sirvieron un café con leche. Le pregunté a mi madre adónde estaba mi padre, y ésta, con lágrimas en los ojos me dijo la fatídica noticia de que hacía tres meses que había muerto, en un accidente. Sentí como si se clavasen mil agujas en mi corazón. Se había muerto mi padre y yo no había estado a su lado. María se acercó y me echó su brazo por encima de mi hombro, mientras exclamaba que todas las noticias no eran malas, me comentó el motivo por el que ella había decidido vivir en mi casa junto a mi madre, y ese motivo se llamaba Lucía y dormía en la cama, en su habitación. Yo no entendía nada, estaba hecho un lío, demasiadas emociones, demasiadas noticias se me agolpaban de repente y no podía pensar con claridad, entonces apareció mi madre con una niña de un año en los brazos y me dijo que era mi hija y que se llamaba Lucía, por el nombre de la isla que aparecía en la postal les mandé. A las dos semanas de mi partida, María se dio cuenta de que estaba embarazada y decidió, después de la muerte de mi padre, venirse a vivir a mi casa, así la niña estaría cerca de su abuela y ellas se ayudarían mutuamente. Era increíble, había estado fuera más de un año y medio. No creía que hubiera sido tanto.
A los dos días y tras haber asimilado todo con más calma, decidí abrir junto a mi familia el sobre que se encontraba cerrado en un bolsillo de la maleta, al hacerlo, vimos como dentro había dos fajos de billetes como para empezar una nueva vida, había suficiente para casarnos y vivir decentemente mientras encontraba un trabajo. Al preguntarme las dos de dónde había sacado tanto dinero, tuve que inventarme una historia, algo así como que los negocios me habían salido muy bien, y de cierta manera no les estaba mintiendo.
Me casé, restauré la carpintería de mi padre y comencé la vida que siempre habíamos deseado llevar.
En cuanto al tal Guillermo Ruiz, no supe nada más de él hasta que lo vi en el periódico, el pobre hombre fue condenado a muerte un año más tarde junto con otros dos hombres.

¡Ay! querido nieto, cuántas noches pensé en mis amigos de la isla del pacífico, allá, por el trópico de capricornio, cuántas veces he pensado qué sería de ellos. Y ahora que estoy en el ocaso de mi vida, hecho un viejo inútil, me pregunto cómo estarán ellos, seguirán jóvenes como cuando los dejé, qué habrá sido de Paco y de Julián Villegas. Seguirá brotando el maná de aquellas rocas, quién sabe. Pero no te creas que me arrepiento ahora de la decisión que tomé entonces de no beber en aquel estanque, si lo hubiese hecho, no hubiera vivido los mejores años de mi vida junto a tu abuela María, ni tampoco hubiera conocido nunca a tu madre Lucía. No hubiera podido acompañar noche y día a mi madre en su agonía antes de morir, ni estaría contando ahora esta historia a ti, mi nieto. Yo te he desvelado este secreto a ti, y nadie en el mundo lo sabe, sólo tú y yo, y lo he hecho porque quería que comprendieras mi última voluntad, tu eres joven y te queda aún mucho camino por delante. Cuando yo muera, y eso será muy pronto, quiero que me incineréis, diga lo que diga tu abuela. Mis cenizas serán guardadas en una urna hasta que tú, algún día, dentro de algunos años, puedas viajar a una isla volcánica del pacífico, a veinticuatro grados al sur del ecuador terrestre, en el trópico de capricornio y esparcir allí mis restos.


2005 ©Miguel Ángel Rincón Peña

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