El Programa WELLS

El interior de la iglesia estaba vacío, por las grandes paredes retumbaban los pasos de un hombre que parecía nervioso. Se sentó en un banco y agachó la cabeza como pidiendo redención. Pasó unos momentos balbuceando palabras entrecortadas, con los ojos casi cerrados y un pequeño tic en las piernas que le obligaba a moverlas nerviosamente. A su derecha pudo escuchar un leve ruido, instintivamente su cabeza se giró de inmediato observando que dentro del confesionario había movimiento. Debía de tratarse del padre confesor pensó, y sin dudarlo se levantó y fue a arrodillarse sobre un escaloncillo en un lateral del pequeño compartimiento diciendo:

- Ave María Purísima.

Se hizo el silencio durante unos segundos, pasados estos, una voz respondió:

- Sin pecado concebida.

Aquel hombre, antes nervioso, pereció calmarse, aunque aún le temblaban las piernas y las manos.

- Hola padre, busco confesión, pero no sé por dónde empezar, yo no soy muy creyente y hacía años que no entraba a una iglesia, pero creo que he obrado mal y me tengo que desahogar.
- No te preocupes hijo, empieza por el principio, cuéntame qué es lo que te angustia.
- Bien, pues debe usted saber que todo lo que le cuente esta tarde es alto secreto y confío en que sabrá guardar el secreto de confesión.
- No te inquietes, continúa.
- Hace unos años ingresé en la agencia de inteligencia como agente secreto, antes de eso era policía en las fuerzas especiales, primero en comandos de asalto, después en misiones de más envergadura. Desde niño siempre soñaba con poder proteger y ayudar a la gente. Un día nos citaron al despacho del comandante. Cinco hombres, los mejores, entre ellos también me encontraba yo. El comandante nos presentó a dos altos cargos del servicio secreto, al parecer habían leído nuestros expedientes y nos habían seleccionado para una misión ultra secreta y de gran importancia. De inmediato se nos trasladó a los cinco a las instalaciones centrales de la Agencia Nacional de Inteligencia, allí nos dieron a conocer parte del programa secreto en el que ingresaríamos tras una dura preparación. Nos dieron dos días para despedirnos de nuestras familias, pues al parecer, pasaríamos una temporada aislados. Después, vino un mes de duros entrenamientos y de aprendizaje con los aparatos que utilizaríamos en el programa.

El confesor, acariciándose la barbilla insistentemente le preguntó intrigado:

- De qué programa estás hablando.

Tras oír la pregunta, aquel misterioso personaje miró a su alrededor asegurándose de que no hubiera nadie que pudiera escuchar y en voz baja continuó:

- El programa se llamaba, y aún se llama, Wells. Imagino que no le sonará de nada, al igual que tampoco nos sonaba a nosotros cuando nos entregaron la documentación del proyecto, pero un poco más tarde comprendimos la razón.
Una mañana, estábamos estudiando unos planos, cuando de repente, se abrió la puerta de la habitación y entraron varias personas vestidas con larga bata blanca, parecían doctores, aunque en realidad se trataba de científicos. Uno de ellos, el más mayor, se acercó y nos dijo que nuestra preparación había concluido, que ya estábamos listos para comenzar a trabajar en el proyecto. El programa Wells había pasado a su segunda fase y ahí entrábamos nosotros.

En esto, la puerta principal de la iglesia se abrió, el hombre, arrodillado junto al confesionario se echó la mano al bolsillo de su chaqueta esperando ver quién entraba, poco a poco fue apareciendo la silueta de una anciana, sin duda una parroquiana que iba a rezar. El padre lo tranquilizó con sus palabras, la tensión se deshizo y continuó con la confesión.

- Pues bien, como le estaba contando, aquellos científicos nos acompañaron hasta una especie de sótano. Para llegar hasta allí había que bajar por una escalera de caracol que daba a un largo pasillo, era al fondo de éste donde se encontraba aquel laboratorio. Uno de ellos sacó del bolsillo un manojo de llaves e ingresó una en la cerradura de la puerta, al abrirla, dejó al descubierto otra puerta, esta vez de metal, robusta, como la de una enorme caja de caudales, conforme se iba abriendo fuimos observando lo que se hallaba en el interior. Una vez dentro pudimos comprobar que se trataba de un gran equipo informático, ocupaba todo el centro del laboratorio, alrededor cinco cápsulas conectadas unas a otras por multitud de cables y tubos. Fue allí, en aquel laboratorio donde empezó todo.

El padre, con tono ansioso y elevando levemente la voz, inquirió:

- Qué fue lo que empezó, qué eran aquellas cápsulas.

- Tranquilo padre, todo a su debido tiempo. Después de este primer contacto dentro del laboratorio con aquellos científicos, pasaron varios días en los que sólo paseábamos por el patio central, leíamos, veíamos la televisión y cosas así, creo que nos dieron un merecido descanso para así, poder coger fuerzas, pues lo que vendría después sería bastante duro y las necesitaríamos.
El día menos esperado, cuando nos encontrábamos almorzando nos llamaron al laboratorio, allí nos esperaban los científicos, esta vez eran cuatro, uno de ellos nos entregó una ropa elástica que tuvimos que ponernos bajo las que llevábamos puesta. Tras unos minutos en silencio, en los que ellos se dedicaron a conversar entre sí en voz baja y a manipular aquellos ordenadores, nos invitaron a pasar al centro de la estancia. El científico más mayor, con voz grave pasó a explicarnos, por fin, los últimos detalles que, sin duda, eran los más importantes. Empezó por darnos a conocer que el proyecto había pasado en aquellos precisos instantes a la tercera fase, la segunda parece que fue de transición y la tercera era la última y más trascendente. Aquel profesor, por el blanco intenso de su escaso cabello y su aspecto, debía de andar por los sesenta años. Continuó hablando, sobre teorías, sobre ecuaciones, sobre otros científicos e investigadores, hasta que al fin se dispuso a ir al grano. Nos dijo: - Señores, han sido seleccionados entre los mejores para cumplir unos objetivos que harán historia, pero que por cuestiones de seguridad, que ustedes seguro entenderán, es alto secreto y cualquier mínimo despiste podría poner en un serio peligro el programa Wells. Se preguntarán el por qué de ese nombre. Pues bien, ese nombre viene dado por una sencilla razón, supongo que conocerán a H. G. Wells, el novelista, historiador y filósofo inglés. Él escribió la novela llamada la máquina del tiempo, donde un científico viajaba al pasado y al futuro. Nosotros hemos logrado conseguirlo tras décadas de trabajos y estudio, y aunque no podemos ir al futuro, sí que hemos encontrado la forma de poder ir al pasado.

Dentro del confesionario se escuchó carraspear y hubo unos instantes de mutismo por parte de los dos. El confesor exclamó:

- Hijo, lo que me cuentas es increíble, me estás revelando que los viajes en el tiempo son factibles.

El hombre, en su afán por contarlo todo y librarse cuanto antes de su culpa, no dejó continuar al cura y prolongó aquella rocambolesca historia.

- Si señor, el ultra secreto programa se llamaba así en honor a aquel escritor visionario. Mis compañeros y yo nos miramos con cierta incredulidad, nosotros sospechábamos desde el principio que allí se estaba cociendo algo importante, pero nuestra imaginación no llegaba hasta aquellos límites. Comenzamos a preguntar cosas, detalles, todo aquello era nuevo para nosotros. Cuál era nuestra misión allí. Entonces, de entre aquel barullo de preguntas surgió una voz contundente que nos hizo callar, una voz de mujer que se encontraba a nuestras espaldas, entró sin darnos cuenta. Según dijo al presentarse, era la directora jefa encargada del programa y ella sería quien nos aclararía todas las dudas. Aunque no hizo falta preguntar nada, ella se encargó de explicar cuál sería nuestro trabajo allí. Y fue muy sincera. Nos dijo que nosotros seríamos los encomendados de viajar hasta el pasado. El programa Wells consistía en viajar a través del tiempo y del espacio hasta llegar a una fecha en la que ocurrió algún hecho perjudicial para nuestro país e intentar o bien que no sucediera o bien que quién lo iba a perpetrar sufriera un “accidente” o “suicidio” inducido supuestamente por nosotros.

El sacerdote interrumpió profiriendo:

- Pero es absolutamente increíble, estás hablando de viajar al pasado para arreglar sucesos luctuosos aún teniendo que asesinar para conseguirlo.

El hombre, con arrepentimiento en el rostro y en la voz, siguió su exposición de los hechos:

- Sí padre, más o menos esa era la idea principal. Supuestamente al viajar, nuestros cuerpos se quedaban en nuestro tiempo, en las cápsulas, al pasado sólo viajaba algo así como nuestro espíritu, por lo tanto seríamos invisibles e incapaces de obrar físicamente. Sólo algunas personas nos podrían sentir o ver, los llamados clarividentes o médium.
La directora nos entregó un dossier llamado La secta del Sol, según los informes, era una secta destructiva muy peligrosa que el dos de noviembre de 1975 provocaron más de una veintena de muertos y cientos de heridos al estallar una bomba en pleno metro de la capital. Aquella bomba la reivindicó la secta del Sol y aludieron que combatían el ateismo y preparaban la llegada de su Dios. Nuestra misión era viajar hasta 1974, un año ante de los sucesos y convencer a la secta para lograr un suicidio colectivo. En principio, yo estaba muy convencido de la necesidad del proyecto, al igual que mis compañeros. Todo estaba estudiado fríamente, era eliminar a los asesinos a favor de las víctimas. Ahora me explico el por qué de tantas horas de preparación y clases de psicología.

El padre, le pidió que siguiera sin omitir detalle y el agente secreto así lo hizo.

- Después de varias semanas estudiando el dossier y viendo videos de aquella tragedia, por fin llegó el día señalado para el viaje. Viajaríamos los cinco aunque tan sólo uno actuaría y trataría de entrar en contacto con ellos. Finalmente el elegido fui yo, pues tenía la puntuación más alta en psicología. Con cautela nos dispusimos a sentarnos en las angostas cápsulas transparentes, los científicos nos acoplaron a la cabeza una especie de casco parecido al de los ciclistas, también varios censores y demás aparatos. La luz del laboratorio pareció disminuir de intensidad, empecé a sentirme raro, me dolía un poco la cabeza, la vista se nublaba por momentos, sentía la boca seca y muy lentamente se hizo la oscuridad. Pasé así unos minutos, no sé cuántos y de repente, como en un sueño, pude ver un gran salón lleno de gente y un hombre de mediana estatura vestido con túnica blanca iniciando algún ritual. Yo me encontraba allí, pero ellos no podían ni verme, ni oírme, ni tocarme, sólo el médium podría contactar conmigo o con lo que él creería que sería su Dios. Repentinamente escuché como si me hablasen, eran mis compañeros, ellos también estaban allí, pero no podíamos vernos. Me acerqué al líder de la secta, el cual no paraba de invocar a los espíritus, así que le contesté. - Soy tu Dios. Le dije, y continué, - me has sacado de mi letargo, dime qué deseas.
Aquel pobre hombre se le puso el rostro pálido, estoy seguro de que era la primera vez que un supuesto Dios le hablaba. Tras recobrase del susto, me dijo entre rezos y alabanzas, que harían un acto de reivindicación por mí, aún lo estaban preparando pero que tarde o temprano los infieles recibirían su merecido castigo.
Tras varios meses contactando con la secta, logré o mejor dicho, logramos, que se convencieran de la idea de que este mundo no estaba hecho para ellos y que tenían que viajar a otro mucho mejor donde yo, su Dios, los esperaría. El dos de noviembre de 1975, en vez de poner una bomba en un céntrico metro, se suicidaron colectivamente en un rancho por medio de un poderoso veneno. La vida de once locos por las de más de una veintena de inocentes. En ese momento me pareció justo.

El sacerdote, cada vez más intrigado y metido en la historia le animó a seguir hablando.

- Después de esta primera misión, vinieron muchas más, chicos que se suicidaban en las vías del tren, convencidos de que eran los ovnis quienes se lo habían ordenado, personas que se volvían locas escuchando voces todo el día y acababan en un centro psiquiátrico para el resto de sus vidas. En definitiva, futuros asesinos suicidados misteriosamente o completamente locos antes de cometer delito alguno. Verdaderamente jugábamos a ser dioses, nos creímos jueces universales del espacio y tiempo. Se imagina padre, qué sucedería si el programa Wells cayera en malas manos, quiero decir, en manos peores aún de las que ahora se encuentra. Posiblemente la humanidad correría un grave peligro, aunque creo que desde que el programa comenzó, este mundo tiene los días contados. Yo, después de mucho pensarlo, decidí abandonar las misiones, la mala conciencia no me dejaba vivir, apenas duermo ni como nada desde hace días. Cuando el cansancio se apodera de mí sólo sueño con la gente que liquidé misión tras misión, se me aparecen sus caras, las caras de esas personas que convencí y engañé para que se suicidaran o se volvieran locas. Ahora, paradójicamente, el que está al borde de la locura soy yo. Además, la Agencia me persigue, creen que voy a contar algo, pero en realidad yo sólo quiero que me dejen en paz, comenzar una nueva vida, aunque aún no sé cómo porque no puedo volver a mi casa, la tendrán vigilada día y noche, tampoco puedo pedir ayuda a mi familia pues los pondría en un grave peligro. No sé qué voy hacer, tiene que ayudarme a escapar o a esconderme unos días en algún lugar seguro. Dígame qué hacer.

Una vez más, el silencio inundó toda la iglesia, ésta se había quedado vacía, solamente el sacerdote y el agente huido se encontraban aún en su interior. Las gotas de sudor caían por su frente y las lágrimas que comenzaban a brotar de sus entrecerrados ojos rodaban mejilla abajo. De repente se oyó un clic dentro del confesionario, el agente levantó su mirada observando la estrecha rejilla de madera pegada a una fina cortinilla roja, en ese preciso instante un silbido atravesó el panel y fue a parar a su pecho. Era una bala de pequeño calibre que hizo que el cuerpo del agente secreto fuera a dar contra el suelo.
Mientras, dentro del confesionario, unas manos desenroscaban el silenciador del pequeño revolver. Sentado se encontraba el agente Muñoz, de la agencia nacional de inteligencia, abajo junto a sus zapatos, acurrucado en el suelo de madera del angosto confesionario, el cuerpo inerte del verdadero sacerdote.
El agente Muñoz, galardonado varias veces por sus heroicas misiones cumplidas, abrió la puertecilla con el sabor del trabajo bien hecho, miró al agente desertor y pensó que quizá, algún día, él estuviera ocupando el lugar del moribundo. Abrochándose la chaqueta comenzó a caminar con paso lento pero decidido, abrió la puerta principal y salió de la iglesia. Cuando pisó la calle ya era de noche, las sombras habían ocupado la ciudad. Enfrente, en un parque, los árboles se batían en duelo con el viento nocturno y empezaba a lloviznar. Muñoz sacó de su bolsillo un moderno móvil y tecleó unos números, alguien al otro lado contestó y el agente exclamó escuetamente con voz seca, casi amarga,
- El trabajo está hecho.
Seguidamente se subió el cuello de la chaqueta y se dejó llevar calle abajo metiendo sus manos en los bolsillos del pantalón. Puede que por su cabeza empezara a merodear la sombra de su mala conciencia, esa que hasta el día de hoy, nunca le había visitado.


©Miguel Ángel Rincón Peña.
Marzo del 2006

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