Una grave enfermedad

Recuerdo que hace mucho tiempo, quizás unos diez años. Fue entonces cuando empezó todo. Aquel invierno se presentó como el más frío de todos, los días eran grises y lluviosos y las noches negras y sin estrellas. Yo trabajaba por aquella época en una fábrica a las afueras de la ciudad, estaba harto de tener que levantarme a las siete de la mañana y por eso pedí que me dieran el horario nocturno.
Pues bien, ese creo que fue el detonante principal para hacer lo que hice una de aquellas noches. Mi tedioso trabajo era envasar embutidos, sin duda odiaba mi trabajo, pero no tenía más remedio que ganar dinero, ya que vivía solo y el piso era alquilado.
Yo nunca había hecho nada de noche, es más, me acostaba temprano y nunca salía de fiesta ni me quedaba en los bares más allá de las diez, y no era porque no pudiera, más bien era porque no me gustaba trasnochar. Pero trabajando de noche, me di cuenta en pocos meses que algo extraño me sucedía.
No sé, era como una rabia interior, un rencor injustificado que me retorcía por dentro, sentía unas irremediables ganas de asesinar a la primera persona que me encontrara. Gracias a mi fuerza de voluntad pude frenar mi violenta obsesión.
Pero unos meses más tarde de los primeros síntomas, y después de mi resistencia, tuve que asesinar.
Fue en el servicio de caballeros y con mis propias manos, aunque prefiero no entrar en detalles. Mi víctima era un compañero de trabajo.
Para cualquier otro asesino, el cómo deshacerse del cuerpo hubiera sido un verdadero quebradero de cabeza, pero para mi no fue tal, ni siquiera pensé lo que iba a hacer con él, solamente, me lo comí. Los huesos los arrojé a la caldera central, nunca creí que pudiera comer tanto. He de confesar que sentí cierto morbo al comprobar que nos estábamos calentando con los huesos de un compañero.

En realidad no sentí un excesivo remordimiento, al contrario, descubrí el placer de la antropofagia y el de mi instinto asesino.
Esto sólo me sucedía de noche, de día era la persona más normal y pacífica del mundo, era con la luz del día cuando intentaba buscar una respuesta coherente a mi afición nocturna.
Me estaba unas semanas, quizás unos meses, aguantándome las ganas de asesinar, pero finalmente estallaba dentro de mí el psicópata sin escrúpulos, y mataba nuevamente.
La siguiente víctima de mi sadismo nocturno fue María, otra compañera que tuvo la mala suerte de cruzarse conmigo en el pasillo, estando éste vacío.
Y así, seguí matando, ya no sólo en mi trabajo, también durante el camino de mi casa a la fábrica, a veces mataba vagabundos y prostitutas, la diferencia, es que a estos casi nunca me los comía, pues que encontraran sus cadáveres no me resultaba una preocupación, a nadie les importaban, y mucho menos a la policía.
Nunca pensé en entregarme, aunque a veces pensaba en visitar a un psicólogo, pero corría mucho riesgo haciéndolo, así que seguía asesinando y leyendo en la prensa lo de gente que desaparecía de la ciudad y sus alrededores. No sé bien las personas que he podido matar en estos años, quizá tampoco lo quiera saber. Cien, ciento cincuenta, qué importa. Cuando pienso en todas las vidas que he roto por mi locura, pero..., es una enfermedad, sí, es una grave enfermedad, una obsesión, una manía criminal que supera mis fuerzas.
Hasta ahora he logrado llevar mi doble vida en secreto, pero, hasta cuándo lo conseguiré.

Escribo esta carta, en estas horas de soledad, para que las familias que he destrozado sepan la verdad y no sigan buscando a los desaparecidos. Ya sé que soy incapaz de entregarme a la justicia, por eso, creo que buscaré mi libertad en este revólver que ahora sujeta mi mano y que apunta directamente a mi sien. Perdonen por las molestias que les he podido causar.


2005©Miguel Ángel Rincón Peña.

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